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La obra de William Mejía, quien se fue a escribir sus cuentos en el cielo

La obra de William Mejía, quien se fue a escribir sus cuentos en el cielo

Wiliam Mejía dejó huellas en los teatristas de San Juan Edgar Valenzuela, Nicolás Michelén, Johnny Fernández, Janet Mateo, Ángelo Valenzuela, José García y otros.

Yo hablo de lo que sé. Y sé que Wiliam Mejía tomó la primera guagua de la mañana del sábado 10 de febrero del 2026 y se fue para el cielo a escribir cuentos y a representar obras de teatro, las pasiones que les acompañaban.

También sé que Wiliam Mejía es el padre de un potente movimiento cultural que surgió en Azua y se extendió por las principales ciudades del sur de la República en los años 80,  llegando a los umbrales de Pedernales por el Suroeste y a los extremos fronterizos de la Región del Valle por el Oeste.

Antes de partir, tuvo una impronta, dejó huellas (imborrables) en San Juan donde, para honra por sus buenas enseñanzas, se recuerdan sus vínculos de colaboración con los teatristas Edgar Valenzuela, Nicolás Michelén, Johnny Fernández,  Janet Mateo, Ángelo Valenzuela, José García y quien esto escribe.

Lo tuvimos decenas de veces impartiendo conferencias y talleres de teatro en la escuela de Bellas Artes, en el Proyecto Cultural Sur y en el Ayuntamiento, motivando la organización de grupos y promoviendo la unificación de los escritores en una asociación que no llegó a cuajar.

Cuando decidió irse de este mundo, ya para siempre, no había cumplido los 76 años que celebraríamos con él en octubre;  tenía 14 obras publicadas, entre estas, cinco novelas: “Naufragio” que tanto me gustó desde la primera lectura que le di en el 2005;  la no menos intensa “Una rosa en el quinto infierno”, de la que también hizo un guion de cine; “Estrella”, ”Daniel el guerrillero” y “Mi techo es el cielo”, cuyo sobrio inició es: “¡Noche bronca, noche mañosa, aquella en que murió Delfín De los Santos!…”

Además de “El taladro del tiempo” (cuentos), primer libro publicado, su bibliografía incluye la Coedición Latinoamericana para niños publicada por la Unesco y Cerlalc, donde aporta una de las piezas más bellas de la literatura infantil: “Por el amor de Guabonita”, una joya.
Recibió todos premios literarios que se otorgan en la República, faltándole únicamente el Premio Nacional de Literatura que siempre llega tarde o, injustamente, nunca.

Por su accionar compartí en Azua con el poeta Ernesto Cardenal. Fue creador del Concurso Literario Sur que tan buenos resultados nos legó, entre ellos haber sacado del anonimato a Fanny Herrera, hoy una de nuestras más destacadas cuentistas, ganadora, con el cuento Llorando a Elena, del primer lugar en aquel concurso y autora de esa maravilla de la narrativa dominicana que es “La brevedad de la suerte”.

“Naufragio”, no es solo la novela que retrata con desbordante humor la realidad política y social de la República desde la invasión de Estados Unidos, sino también la historia del mar, de los náufragos, de los que se van en yola, de los fracasos y los regresos; la novela de Pedro el Pando, aquel frustrado héroe que cargó la gloria de haberse batido junto al gran Leónidas contra los cien mil persas de Jerjes; es la historia del militar y del villano que cansado de luchar, de los tropiezos, del bien y del mal, funda la emblemática “Barra Pando” y se involucra en los viajes ilegales.

En Wiliam Mejía, “la manía de contar” fue una fascinación. En teatro, llevo conmigo los recuerdos de “Encuentro en la astronave”, que me tocó dirigir durante una gira cultural a Santiago de Cuba.
En 1999 lo acompañé a Puerto Rico donde representó, con su elenco, “Anónimos y realengos” y “Batallando”. Esa ocasión, el Senado de Puerto Rico, a todos, nos hizo un reconocimiento por nuestros aportes a la difusión cultural.

El día 1 de marzo, teniendo como telón de fondo la Escuela de Bellas Artes y el Centro Cultural Héctor J. Díaz, el pueblo de Azua organizó para él uno de los más bellos homenajes. Nadie me lo contó. Yo lo sé porque estuve ahí. 

El autor es poeta.