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Los distritos electorales

Los distritos electorales

Pedro P. Yermenos Forastieri

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Concentrar el poder, pese a ventajas para preservar gobernabilidad, no responde a parámetros aceptados de democracia. Esta supone ejercicio público representativo de sectores sociales que interactúan en un escenario geográfico. El principio democrático es consustancial a pluralidad, diversidad de corrientes de opiniones con distintas posiciones ideológicas. Moreno Yanes afirma que el Estado debe garantizar el gobierno de la mayoría donde “las minorías se sientan integradas al sistema político”.

Es imposible estructurar sistemas electorales perfectos, o fórmulas matemáticas infalibles para alcanzar equilibrio en la representatividad. Todos generan distorsiones que producirán resultados más afines o menos cónsonos con el espíritu democrático. Son sesgos estadísticos. Oñate los refiere cuando afirma “los sistemas electorales, al traducir votos en escaños, generan sesgos que disminuyen, en mayor o menor medida, la proporcionalidad entre voluntad popular y distribución de escaños”.

Lo anterior no resulta inocuo porque no pasa desapercibido. Deja huellas y se traduce en una democracia y en una representación deficiente, desproporcionada y distorsionada. Por la magnitud de los sesgos, un sistema electoral puede tener efectos distribuyendo escaños y ex ante en la decisión del votante, “induciendo su voluntad en sentido distinto al inicialmente preferido”.

Lo afirmado es trascendente porque las distorsiones operan en la materialización de resultados y la consiguiente distribución de escaños, y tienen potencial de influir en la psiquis de electores e inclinarlos por opciones políticas que no eran sus preferidas, siendo arrastrados hacia ellas por cuestiones subjetivas.

Tal fenómeno tiene mayores probabilidades de concretizarse en espacios de escaso desarrollo político y precaria firmeza ideológica como sucede en Latinoamérica donde segmentos poblacionales son proclives a ser seducidos por elementos ajenos a sus necesidades existenciales, que les generan sensación de posible victoria o ser capaces de eludir derrotas electorales, olvidando que las alternativas abandonadas eran las que les convenían.

Lo afirmado no constituye un ejercicio de elucubración. Son afirmaciones que tienen sustento práctico ya que “el mecanismo para transformar votos en escaños no es aséptico y los sistemas proporcionales impuros y mayoritarios generan efectos que pueden ser medidos y determinados”.

Tan lejos se ha llegado en la sustentación de conceptos teóricos como los esbozados para dotarlos de rigor académico, que los estudiosos del fenómeno han arribado a conclusiones que les ha permitido clasificar esos efectos, como apunta Oñate, en mecánicos o reductores y psicológicos o constrictivos. Los primeros operan sobre el sistema de partidos. Lo segundos sobre los votantes y las élites políticas. Continuará.