Mi estimada Gianni



A raíz de la publicación de “Al saborear la vejez”, aquellas quinientas palabras que dediqué al sagrado ciclo humano de la ancianidad, recibí una hermosa comunicación de Gianni Paulino, la exquisita comunicadora social que está dedicando los mejores años de su vida al servicio de los seres humanos que alcanzan la senectud, y dirige con un gran amor la “Fundación Manos Arrugadas” .

En la comunicación, Gianni solicita que le escriba el prólogo de su libro “Hola Vejez — una guía para vivir muchos años—”, el cual, además de convertirse en un maravilloso consejero didáctico, conduce al lector, no sólo a razonar, sino a aprender, aquilatar, cuidar y festejar la ancianidad humana, arropándolo en un círculo donde la reciprocidad, por un lado, y la comprensión del vivir por el otro, lo vinculan a un ardoroso amor.

En su libro, Gianni Paulino exhorta a cuidar a nuestros ancianos, no ya como un sentimiento compasivo, “sino como una responsabilidad que debe compartir con su familia y la comunidad”, reafirmando que “nuestros longevos nos dieron la vida y por eso debemos cuidarlos, devolviéndoles el cariño recibido”.

El texto, ilustrado con hermosas imágenes, se abre con un capítulo sobre los dogmas sociales sobre la vejez, en donde Gianni introduce ejercicios educativos sobre cómo el lector afrontará la llegada de la ancianidad. Luego, el libro se adentra en el manejo de las actividades que debe practicar el anciano: su higiene, comida, ejercicios, su seguridad, los cuidados de su piel, deposiciones, las enfermedades y trastornos comunes a la ancianidad (artritis, hipertensión arterial, cáncer, diabetes, depresión, Alzheimer, gripes frecuentes, mareos, pérdida del equilibrio, etc.).

Pero lo más importantes de “Hola Vejez —una guía para vivir muchos años—”, es la pasión con que Gianni Paulino asume el texto, donde cada palabra posee la intención de hacer ver al lector que comprender la longevidad es un acto que enlaza la humanidad al esplendor de una existencia luenga, provechosa, pedagógica y amorosa, demostrándonos que en la amarga paradoja que vive la ancianidad se cuecen dos vertientes:

a) la de los laboratorios que logran sus mayores beneficios con fármacos destinados a paliar las enfermedades de los seres humanos que alcanzan la tercera edad (sobre los 65 años); y

b) la de los países del primer mundo que aborrecen a “los viejos que viven demasiado”, considerándolos como seres que obstruyen empleos a personas jóvenes, sobrecargando los presupuestos oficiales.

Y a esa paradoja se agrega otra: la de esas mismas sociedades que propician el culto a los cuerpos esbeltos y tersos, fundando entre las mujeres el rechazo a la maternidad para evitar los vientres fláccidos, quebrando así sus devociones al embarazo.