Las transnacionales no actúan solas; integran una red de poder que condiciona economías débiles y convierte Estados en piezas de un engranaje mayor. Ese entramado, se apoya en organismos financieros y estructuras de influencia que aseguran ventajas a costa de la soberanía de los pueblos.
La historia reciente ofrece pruebas: operadores económicos, tecnócratas y “chacales” han incidido en decisiones claves, incluso trasciende la voluntad de muchos gobiernos, en países dependientes al sur del río Bravo.
El Departamento de Estado, del “Tío Sam”, Banco Mundial, BID, FMI y la corporatocracia… actúan bajo la misma bandera, para trazar el rumbo e imponer su modelo privatizador y exprimir nuestras economías.
Cuando un mandatario cede a esos enclaves de poder, el control se desplaza. Cuando resiste, emergen presiones, sanciones o maniobras que buscan doblegarlo por distintas vías para lograr sus propósitos.
En República Dominicana, el debate revive con Barrick Gold y ahora con GoldQuest en San Juan de la Maguana, donde miles han salido a las calles en defensa del agua y la vida, con determinación y firmeza.
Las protestas en Sabaneta, con heridos y detenciones, reflejan un conflicto que trasciende lo ambiental: es una disputa por el modelo de desarrollo, cuando tratan de cambiar el distrito agropecuario por el minero.
El pasado pesa: Contratos cuestionados, renegociaciones opacas y promesas incumplidas han dejado cicatrices, que hoy alimentan la desconfianza ciudadana y reorienta la lucha de opinión a la movilización.
Ante este escenario, el presidente Luis Abinader está llamado a actuar con transparencia, firmeza y sentido histórico: escuchar al pueblo, revisar concesiones y colocar el interés nacional por encima de cualquier presión externa.

