En una inquietante escala de violencia sobresalen por su dramatismo las muertes en San Cristóbal de una niña y de un niño de 6 y 10 años de edad, respectivamente. Ambos, si bien podrían verse como aislados, no dejan de transmitir un mensaje desgarrador, que obliga a reflexionar sobre la salud, la familia, el entorno y la propia sociedad.
Estremece el caso de la niña Miliany Linarez, a quien su madre habría asfixiado y dejado su cuerpo en una bañera para simular una muerte accidental. Tan impactante es el caso que no basta con imponerle prisión como medida de coerción a la madre, en caso que se determine su culpabilidad, sino someterla a una profunda evaluación psicológica e incluso analizar sus relaciones y el entorno en que se desenvolvía.
El proceso es una forma de dar con las causas reales y tomar medidas para que no se repitan sucesos tan horrorosos.
Otro con el suficiente dramatismo como para estremecer a la población ha sido el del niño Raudiel Steven Martínez, cuyo cadáver fue encontrado en una cañada con signos de violencia en Hatos Damas, San Cristóbal. Del crimen se ha acusado a un adolescente de 14 años.
Hay muchas preguntas sobre la tragedia que solo podrán responderse a través de una exhaustiva investigación.
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Con víctimas inocentes, ambos sucesos, si bien no son los únicos que han sacudido a la población estos días, transmiten por su crueldad un mensaje inquietante sobre la conducta, las relaciones, la familia y las condiciones de vida de un amplio segmento.

