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Mundo en guerra

Mundo en guerra

Rafael Ciprián

Albert Einstein tuvo toda la razón cuando, con su lenguaje clarividente y su lógica incuestionable, afirmó: “No sé con qué armas se peleará la tercera guerra mundial, pero la cuarta será con palos y piedras” .

También el autor de la Teoría de la Relatividad dio en la diana cuando, con su dramática ironía y su certera intuición, declaró: “Dos cosas son infinitas: la estupidez humana y el universo; y no estoy seguro de lo segundo”.

Sin lugar a dudas, del primer acierto citado de Einstein se llega, irremisiblemente, al segundo. Todos los que tienen ojos para ver y oídos para oír, como dice la Biblia, que vean y oigan.

Nadie logra esconderse como María Ramos, que lanza la piedra y esconde la mano. No hay espacios para los Pilato, que saben lavarse las manos, mientras entregan al inocente para ser asesinado, por crucifixión o por explosiones o por balazos.

El tiempo de los hábiles que saben nadar vestidos sin que se le moje la ropa está llegando a su fin. El crujir de dientes, con dolores innenarrables, será el ruido de sus discursos demagógicos.

Hasta los más desinformados saben que el mundo está en guerra permanente, y esos choques son fríos y calientes a la vez. Matan cientos de miles de personas como si fueran moscas u otros insectos indeseables.

Ciertamente, la vida humana ya no vale nada. El valor reside en los proyectiles, los misiles y las bombas que logran sus objetivos con precisión milimétrica o con la exactitud del sistema de posicionamiento global, GPS, en el idioma inglés. Cuentan con mucho más de veinticuatro eficientes y eficaces satélites operativos.

Los señores de las guerras están felices y en sus aguas. Para ellos son tiempos de grandes negocios. Incrementan sus fabulosas riquezas, sin importar que los pueblos las paguen con los muertos.
Sabemos que los crímenes innumerables de niños y adultos civiles no son daños colaterales, como eufemísticamente los llaman.

Son objetivos militares, aunque se encuentren en escuelas, hospitales y residencias familiares. Sirven para doblegar la moral y la voluntad de lucha de los adversarios. Recordemos que en la historia ningún imperio ha caído sin librar sus guerras definitivas. Y deja tras de sí, como rúbrica despiadada, una estela de sangre y destrucción.

Poco importa que esa potencia en declive sea de la antigüedad, como Roma, por una parte, o la otomana, por la otra. O que se inscriba en la llamada modernidad, como la suerte del Imperio Británico, con sus estertores, antes, durante y después de la Segunda Guerra Mundial (1945).

Perdió sus colonias de la India (1947), con el pacifista Mahatma Gandhi, y Hong Kong (1997), con China. Este gigante dormido despertó y estremeció el mundo, como vaticinó el genio francés de la guerra, Napoleón Bonaparte.