A los 85 años de edad, cuando muchos piensan en el retiro como un destino inevitable, Niurka Mota sigue caminando el teatro dominicano con paso firme, mirada curiosa y agenda llena.
Actriz, directora, maestra y artesana, su nombre continúa siendo uno de los más reclamados tanto en las tablas como en el cine nacional, donde su presencia aporta carácter, verdad y memoria viva.
Su vitalidad no es un discurso, es una práctica cotidiana y lo demuestra con la revelación de que actualmente asume roles de peso en tres producciones cinematográficas dominicanas: “Elena y el mar”, “Río Masacre” y “Entiérrenlo de pie”.
Son tres títulos que confirman que el cine local sigue encontrando en ella una intérprete capaz de sostener historias complejas desde la madurez, sin concesiones ni artificios.
Pero además, el Club Arroyo Hondo, espacio que dirige teatralmente, es hoy una extensión natural de su energía creadora.
Allí presenta la serie “Servicio al cliente”, además de los ya emblemáticos Café Concert o Transformismos, formatos que dialogan con el humor, la crítica social y la cercanía con el público.
En ese mismo escenario, Niurka forma a nuevas generaciones mediante talleres que son, más que clases, actos de transmisión de oficio y ética teatral.
Su nombre también trasciende las artes escénicas, ya que forma parte del libro de las grandes artesanas de América Latina como maestra del bordado a mano, otra disciplina donde la paciencia, la precisión y la belleza se convierten en lenguaje.
Al conversar para Qué Pasa! Niurka asegura, sin ningún resquicio de duda, que, para ella, la edad no es una frontera, sino un territorio fértil desde donde crear con mayor conciencia.
Para muchos la edad es una limitante ¿Qué cree que influye en su caso para que no sea así?
“Creo que mi truco está en no pensar en lo vivido, sino en lo que falta por vivir. Faltan cosas por hacer y saber que tengo tiempo limitado me llena de energía y creatividad. Otra cosa: no uso chancletas para no arrastrar los pies”, responde con esa mezcla de humor y filosofía práctica que la caracteriza.
Esa respuesta resume una ética de vida y de escena, avanzar, no arrastrarse; proyectarse, no anclarse. Niurka no mira su trayectoria como un archivo cerrado, sino como un proceso abierto donde cada proyecto es una oportunidad de descubrimiento, incluso, a los 85 años.
¿De qué cosas disfruta Niurka cuando está en la tranquilidad de su hogar?
“Preparar mis proyectos diarios de trabajo. Ordenar mi casa, regar mis matas, hablar con mi familia, hacer mi propia comida y confeccionar mi propia ropa. Y una buena serie de televisión”, enumera, revelando que la disciplina creativa no se apaga fuera del escenario.
En esa cotidianidad organizada y sensible se explica parte de su permanencia. El hogar, para Niurka, no es un refugio pasivo, sino un laboratorio donde se gestan ideas, se cuida el cuerpo y se afina el espíritu que luego se expone sin máscaras ante el público.
¿Tiene algunos parámetros sobre papeles que nunca aceptaría, tanto en cine como en teatro?
“Soy de mente amplia, me gustan los personajes sin inhibiciones y reales. Haría un desnudo digno si fuera necesario. Solo le temo a la crueldad y maldad de los comentarios de personas pobres de mente, que no aceptan que la vejez es un regalo de la vida en todas sus facetas”.
Niurka Mota adelanta que es posible que este año regrese a la Sala Ravelo con un montaje muy esperado, cuyos detalles prefiere guardar por ahora.
A los 85 años de edad su vida no se escribe en pasado. Sigue en presente continuo, demostrando que el verdadero límite no es la edad, sino la falta de pasión. En su caso, el telón sigue subiendo.

