Padre Colino



Nos conocimos por el destino. En un avión, hacia Madrid, hace 15 años atrás, coincidimos y conversamos. Desde entonces, tuvimos una estrecha amistad con el padre Javier Colino, sacerdote jesuita. Con mis padres, hizo de consejero, amigo y sacerdote que siempre estuvo presente en momentos claves para mi familia.

Gran conversador, oriundo de Palencia, España, y luego de pasar por una temporada en Centroamérica, convirtió a República Dominicana, en su hogar, e hizo grandes amistades con distintas familias y relacionados. Su solidaridad y su amistad con sus amigos fue una de sus virtudes cardinales. Sus vínculos con la comunidad española en Santo Domingo le hicieron formar parte de las principales causas sociales de esta valiosa comunidad en el país.

A través de él, pude conocer a su hermano, Monseñor Pablo Colino, quien es Maestro de Capilla y Prefecto de Música de la Basílica de San Pedro en el Vaticano.Recuerdo también su amistad con Monseñor Arnaiz. Por su extraordinario conocimiento del latín, fue traductor del Arzobispado y muchos documentos fueron traducidos por Colino. De igual manera, fue profesor de Latín y de otras materias en el Seminario Mayor, por lo que muchos sacerdotes en el país lo deben recordar con mucho cariño.

Amigo de los amigos, así puedo calificar al padre Colino. Sus misas siempre tenían ese toque especial que le daban un aspecto característico. Muchas comunidades religiosas lo deben recordar por que muchas veces fue el Padre Colino el que sustituía a los sacerdotes cuando estaban en el extranjero, y Colino siempre estaba ahí presente, con su buen humor y sonrisa muy particular. Siempre le reclamé que porque no grababa o escribía sus sermones, pues eran extraordinarios.

En los últimos años, tuvo varios episodios de salud, que le impidieron continuar su rutina. Pero siempre mantenía su buen espíritu. Lo vimos, por última vez, en la Plaza de la Salud, y ya estaba en condiciones muy difíciles. Pudo superar este reto, pero sus días ya estaban contados. Se fue el cielo en vísperas de la Navidad.

Padre Colino, extrañaré siempre sus opiniones y sus orientaciones. La Compañía de Jesús pierde a uno de sus grandes valores intelectuales. San Ignacio de Loyola dijo que un jesuita debía “en todo amar y servir” (“Ejercicio Espirituales”, 1548). En su vida, eso fue lo que hizo Colino, “en todo amar y servir”, un extraordinario ser humano, siempre lleno de alegría, entusiasmo, y con una extraordinaria capacidad para escuchar.

En una ocasión, me dijo que “ser útil es ser feliz”. Esa, es la esencia de lo que fue el padre Colino en vida. Su legado siempre permanecerá en nuestros corazones. Sus restos descansarán en Santo Domingo, su hogar. Descanse en paz.