La semana pasada despedimos del plano terrenal auno de los mas grandes cantautores de Latinoamérica, Alberto Cortez, quien logró plasmar en cada una de sus letras cátedras de profundas reflexiones de vida, emociones y sentimientos.
Este gran personaje de la música y las letras nos lega un manual de sabiduría, una especie de genoma emocional en cada una de sus canciones con excelsas melodías y su voz a la altura de los grandes tenores que irrigaron cada fibra de los corazones que seguimos su carrera y disfrutamos y meditamos sus canciones.
Dentro su fecunda producción nos lega entre otras; En un Rincón del alma, Cuando un amigo se va, Mi árbol y yo, El abuelo, Como la marea, De ayer a hoy, y Parábola de uno mismo, la cual quiero compartir sus letras por tan sabia y pertinente reflexión aplicable a nuestras acciones, prisas y utopías cotidianas.
“Uno va subiendo la vida de a cuatro los primeros escalones, tiene todas las luces encendidas y el corazón repleto de ilusiones. Uno va quemando energías, es joven, tiene fe y está seguro, soltándole la rienda a su osadía, llegará sin retrasos el futuro. Y uno sube, sube, sube, flotando como un globo en el espacio, los humos los confunde con las nubes, subestimando a todos los de abajo.
Y uno sigue, sigue, sigue, sumando vanaglorias y ambiciones, no sabe en realidad lo que persigue y va de distorsión en distorsiones. Uno es un montón de etiquetas, es un escaparate, un decorado, un simple personaje de opereta, un fruto de consumo consumado.
Uno es una simple herramienta que tiran cuando ya cae en desuso, uno lo sabe, pero no escarmienta, sigue aferrado a la ilusión que puso. Y uno piensa, piensa, piensa, que siempre seguirá en el candelero, que nunca ha de vaciarse su despensa, que queda mucha tinta en el tintero.
Y uno sigue, sigue, sigue, cautivo de su imagen, caminando, el ego desbordado no concibe, que muchos otros vengan empujando. Y uno va teniendo evidencias, ya no recibe flores ni palmadas, rechaza que empezó su decadencia, que va por la escalera de bajada. Uno alza su voz de protesta, suplica por seguir estando a bordo, y duda, cuando nadie le contesta, si se ha quedado mudo o si son sordos.
Y uno baja, baja, baja, no quiere, por orgullo lamentarse, que ya no es quien baraja la baraja, ni se ha guardado un as para jugarse. Y uno baja, baja, baja, desciende lentamente hacia el olvido, hay algo en su balance que no encaja, lo que ha querido ser y que no ha sido.
Uno queda solo en la mesa negando su pasado amargamente, le cuesta confesar que ha sido presa de un canto de sirenas permanente. Y uno es una isla desierta, un médano en el mar, un espejismo, empieza por abrir todas las puertas, y termina a solas con sí mismo”.

