Febrero llega con su carga de banderas en los balcones y solapas que, de repente, se adornan con el tricolor nacional. Es el «Mes de la Patria«, la época del año donde el cinismo político alcanza su máximo esplendor.
Mientras los líderes de nuestros partidos se turnan para depositar ofrendas florales ante el Altar de la Patria, el ciudadano común observa con una mezcla de hastío y desprecio.
¿Qué celebran exactamente quienes han convertido la administración pública en una finca privada?
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Es hora de hablar claro: el patriotismo de nuestros líderes es, en gran medida, un fraude publicitario. Se llenan la boca con el nombre de Duarte, pero sus acciones diarias son la antítesis del pensamiento duartiano.
Duarte habló de la ley como la regla a la cual deben acomodar sus actos los gobernantes como los gobernados; sin embargo, hoy asistimos a un espectáculo donde la ley es un chicle que se estira al servicio del poder de turno o del financista de campaña.
En este aniversario de la Independencia, la soberanía que debemos defender no es solo la territorial, sino la soberanía de nuestras instituciones. La patria se traiciona cada vez que un partido político secuestra la justicia para garantizar impunidad.
Se traiciona cada vez que el presupuesto se desvía para alimentar el clientelismo rancio que mantiene a la gente sumisa por una ración de comida, en lugar de liberarla a través de una educación digna.
¿Con qué cara hablan de libertad quienes mantienen al pueblo esclavo de la inseguridad y del miedo?
¿Cómo se atreven a invocar el trabucazo de Mella mientras permiten que la corrupción administrativa drene los hospitales y las escuelas?
El verdadero enemigo de la República hoy no viste uniforme extranjero; viste de saco y corbata, se sienta en las cámaras legislativas y despacha desde las altas oficinas del Estado, anteponiendo el color de sus siglas al azul y rojo de nuestra bandera.

