República Dominicana conmemora hoy el 166 aniversario de su primera Constitución, sin poder precisar si la ocasión es propicia para reír o para llorar, porque si bien es cierto que ese conjunto de reglas fundamentales determinó la creación del Estado nacional, también es verdad que nació enferma de intolerancia y que ha sido objeto de al menos 38 cirugías sin poder conjurar su crónica anemia.
Ese texto sustantivo, aprobado un día como hoy de 1844 por la Asamblea Constituyente reunida en San Cristóbal, consignó principios básicos que regirían los nexos entre gobernantes y gobernados, pero el general Pedro Santana, quien juraría como primer Presidente de la República, condujo su caballería hasta esa provincia e hizo incluir en la Carta Magna un artículo (210) que le concedía poderes dictatoriales.
Desde entonces el texto sustantivo ha recorrido un dilatado viacrucis, vilipendiado la mayoría de las veces por gobernantes y conmilitones, que han modificado una y otra vez su contenido para adecuarlo a sus intereses coyunturales o para garantizar burdas ventajas políticas.
Cada vez que en la azarosa historia dominicana se ha modificado o votado una Constitución con rasgos o características liberales ha aparecido un Judas o Maquiavelo que la ha inhabilitado para ser auténtica garante de los derechos ciudadanos y efectivo freno de los corceles del poder.
En los 166 años de vida republicana, la Constitución ha hecho más de Cenicienta que de Reina y ha recorrido tan largo trecho histórico en condiciones de Gólgota sin Cirineo, por lo que duele admitir como válida la expresión del estadista aquel que la comparó con un pedazo de papel.
En los albores del siglo 21, que aun no define su perfil si de Pericles o de Atila, las élites políticas dominicanas han levantado una nueva arquitectura constitucional que procura ofrecer a la sociedad un moderno edificio jurídico- político con finos detalles de última generación, que incluyen mentados derechos y garantía de derechos individuales y difusos.
Es así como el 26 de enero la Asamblea Revisora votó lo que se define como una nueva Constitución que recoge lo mejor de la historia constitucional de la República, y de las más avanzadas corrientes constitucionalistas del mundo de hoy, aunque se teme que esa criatura haya nacido con la enfermedad letal que inhabilitó al texto original de San Cristóbal.
Para que alguna vez la Constitución del Estado sea inmune a desmedidas ambiciones políticas o al virus que engendra dictadura, la sociedad toda tendrá que empoderarse de su Carta Magna y hacerla respetar mediante los mecanismos inmunológicos que su propio cuerpo ha creado. Hoy todavía, el texto sustantivo, aun vestido de lino y seda, es un pedazo de papel.

