Opinión convergencia

Publicidad: La simbiosis

Publicidad: La simbiosis

Efraim Castillo

(Según la IA, «la simbiosis cultural en publicidad ocurre cuando las marcas dejan de ‘venderle’ a una audiencia y se integran orgánicamente en sus valores, lenguajes, arte y tradiciones. O sea, no es una técnica de marketing, es un intercambio donde ambas partes [marca y cultura] se nutren»)

(2)
En esta serie de artículos he procurado establecer una noción que facilite el entendimiento de que toda actividad estética, en tanto analogía, creación, goce y servicio -como acontece en la publicidad comercial y ciertas artesanías reproductoras de identidad cultural-, tiene una deuda fundamental con la simbiosis.

Sin embargo, el fenómeno creativo caribeño, como un proceso sociológico histórico, ha sido insertado en la historia del arte latinoamericano con cierto sentido avaro y medalaganario por los cronistas e interpretantes de esa práctica intelectual, los cuales han soslayado en sus relatos las virtudes de grandes creadores que han incursionado exitosamente en múltiples lenguajes estéticos.

Con mucha extrañeza, estos evaluadores, convertidos en «gatekeepers», insertan en el molde de lo exótico las excelsas condiciones del creador caribeño sin especificar los maravillosos correlatos estéticos que han incidido en su conciliación filogenética.

Para reafirmar las virtudes sociológicas de la simbiosis me apoyo en el concepto spengleriano de que las culturas «son las auténticas protagonistas de la historia [ya que] poseen su propia alma» (Spengler: «La decadencia de Occidente [1918-1923]).

Este concepto aún produce alergia entre muchos historiadores que se sorprenden de otras afirmación del historiador alemán: «¿Por qué los griegos no admitieron las pirámides, los pilonos, los obeliscos y los jeroglíficos egipcios, y sí las edificaciones con mármol y su sistema teosófico acerca del orden divino? Spengler afirma que «toda relación admitida constituye no sólo una excepción, sino también un error de interpretación» (Ibíd.). Esto implica que la base morfológica de la simbiosis cultural implica analizar cómo se entrelazan las «formas», de manera que no pueden sobrevivir la una sin la otra.

Spengler sostiene que “toda relación admitida constituye, no sólo una excepción, sino un error de interpretación» (Ibíd.). En la simbiosis cultural es fundamental observar la manera en que las “formas” —especialmente en el ámbito del arte— se combinan y entrelazan tan profundamente que ninguna puede existir de manera independiente.

Es decir, que la verdadera simbiosis cultural no es simplemente una yuxtaposición de elementos, sino una integración total, tan íntima y concluyente, que cada parte depende de la otra para su supervivencia y significado. Spengler expone que «debería escribirse la historia de los tres Aristóteles: «El Aristóteles griego (apolíneo), el Aristóteles árabe (mágico) y el Aristóteles gótico (fáustico) [los cuale] no tienen ni un concepto, ni un pensamiento común y forman parte integral de la historia de la transformación del cristianismo mágico en cristianismo fáustico» (Ibíd).

¿Qué impide, entonces, que nos remontemos al Renacimiento y, deteniéndonos en sus orillas, estudiamos lo que Yves Eyot enuncia como «el regreso a un estilo del pasado lejano erigido en modelo ideal, absoluto y eterno»? («Génesis de los fenómenos estéticos», 1980).