No es ni tiene que ser opuesta al progreso. Y es a la que Venezuela debe aspirar, sin bloqueos económicos, aislamiento ni restricciones a su industria, una de las de mayor potencial en esta región, cuya especial geografía integra la más grande reserva petrolera del mundo.
Sería prolijo enumerar factores y recursos que permitirán a la presidenta Delcy Rodríguez encaminar a su país por la senda del progreso y una prosperidad que le es muy familiar al pueblo venezolano.
En este punto, el liderazgo que emerge tras la salida de Maduro, debe entender que revolución no es opuesta a progreso. Ni a las necesarias transformaciones que demanda toda sociedad en procura del bienestar y la estabilidad.
Las revoluciones de fachada, para engatusar a las mayorías, apenas dan para enriquecer y llenar a la cúpula de privilegios y poder para entronizarse, y creerse imprescindibles e imbatibles. Es lo que más se parece a la cubana.
Y este estilo no es la opción. Con resultados que los propios “revolucionarios” se han encargado de suprimir, la de Cuba es una revolución atrapada entre lemas estentosos, loas vacías a héroe de barro y las ruinas de sus comunidades y todo el aparato productivo.
Si destruir el aparato productivo ha sido un grave error del chavismo / madurismo, otro peor es seguir los pasos de la revolución cubana en asociar la cultura a la exaltación de sus líderes y a la necesaria castidad y sacrificio de sus seguidores y el pueblo llano. Con esto, instrumentaron la cultura y le restaron valor estético e ilustrativo.
De manera que Venezuela tiene ahora la oportunidad de retomar el camino hacia la prosperidad, crecimiento y desarrollo. Con la reactivación de su economía y el retorno de tantos talentos y bien preparados ciudadanos dispersos en la diáspora.

