El asesinato de un comerciante ayer en el área de comida de Bella Vista Mall corona una escalada de violencia que en las últimas horas había cobrado la vida de 13 personas, entre las que figuran un oficial de la Fuerza Aérea, dos agentes de la Policía y una mujer de 27 años que había sido secuestrada en Bonao, además de dejar varios heridos.
La versión de la Policía es que Luis Rafael Díaz Mora, de 39 años, mató a su compadre Edwin Mateo, luego de discutir por una supuesta deuda de un millón de pesos. Pero la dimensión y circunstancias otorgan a los crímenes una lectura que va más allá de la simple tipificación de casos aislados.
En algunos, como el incidente en que Díaz Mora descargó seis tiros contra su compadre en un lugar tan concurrido y que en ese momento estaba repleto de parroquianos, o en que un raso de la Policía mató a otro agente y la esposa en una discoteca de Quita Sueño, Haina, hay signos de crispación y prepotencia que no pueden soslayarse. Desde hace tiempo aquí se mata dondequiera y por cualquier cosa, como si la vida no importara.
También la saña con que se han cometido crímenes, como el caso de la mujer secuestrada en Bonao, cuyo cadáver fue encontrado mutilado, quemado y putrefacto, merece atención especial de parte de los investigadores en la evaluación de las reales causas de la tormentosa ola de violencia. Los componentes sociales, económicos, culturales, sentimentales y otros demandan determinar cuáles de ellos son los que predominan, para enfrentarlos y no sólo para identificarlos.
Antes del rebrote de este fin de semana ya la población había sido sacudida por el caso del niño de cuatro años que luego de cuatro días de haber sido dado por desaparecido de su residencia en el sector Invivienda el cadáver fue encontrado en las márgenes del río Isabela. La Policía determinó que el infante había sido ahorcado.
Otros que también conmovieron a la población fueron los asesinatos de un mayor de la Policía en el ensanche Naco, de tres miembros de una familia en el sector El Valiente y el del hombre que mató a su esposa, un hijo e hirió gravemente a una hijastra que había embarazado, y después se suicidó.
Algunos sucesos tienen el sello de la delincuencia común. Ahí están el del primer teniente Carlos Manuel Muñoz Reynoso, de la Fuerza Aérea, quien fue abatido por desconocidos que lo despojaron de su arma y de la motocicleta, y el del sargento Casimiro de Jesús Acevedo, en Villa Altagracia. Pero otros, como el del raso de la Policía que mató a otro agente y la esposa en una discoteca de Quita sueño, Haina, después de discutir por un roce en la pista, o el del camionero que quitó la vida de un disparo a un joven porque supuestamente le tocó insistentemente la puerta de un sanitario en un colmadón de Navarrete, sugieren mucha crispación.
Por la alarma que representan, los sucesos son para evaluarlos. En toda su dimensión.

