Stalin proyectó invadir Italia y Francia



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Al decir del general soviético Stemenkho, y al calor de las furiosas batallas en territorio alemán, el dictador y mariscal Joseph Stalin, envalentonado por la reconquista territorial, la victoria en la batalla de Stalingrado, y su avance inexorable por las estepas rusas, ordenó en 1944 concebir un plan de invasión de Francia e Italia.

Stalin, entre los chistes de mal gusto que haría con los aliados, escogió el que hacía referencia a la visita de Alejandro III en París.

En verdad, el zar no estuvo en la capital gala, pero sí uno de sus ministros, en 1893, dentro del marco de un tratado militar secreto con Francia, para contrarrestar una hipotética invasión alemana.

El anhelo imperial de Stalin iría más allá de un chiste de prosapia imperial, pues a pesar de las enormes pérdidas en vidas humanas (más de veinte millones incluyendo a civiles indefensos), sus tropas llegan a Berlín, ocupan cínicamente Rumania, Hungría, Polonia y otros países del este europeo, instalando gobiernos títeres, burlándose del presidente norteamericano Roosevelt, al que había prometido concordia y equidad política en los gobiernos instalados.

Moviliza a millones de hombres, para sus fines imperialistas, y manda a preparar en 1944, 400 divisiones, de dos o tres millones de soldados, dentro de un alucinante plan de invasión de Italia y Francia. Los servicios secretos del ejército rojo estudiaron con minucia el contexto geopolítico.

Sabían que los ingleses y los franceses están ya enzarzados en luchas anticoloniales (Madagascar, Indochina, la India)y sus capacidades militares están mermadas; Stalin, perspicaz, no olvidó que Roosevelt, entre frases diplomáticas, insinuó durante la conferencia de Yalta, que los norteamericanos abandonarían Europa.

Stalin apostaba tomar el poder con la ayuda de los prestigiosos partidos comunistas de ambos países. En Francia, por ejemplo, la implicación del Partido Comunista Francés en la resistencia, fue crucial para su liberación, y Maurice Thorez, su secretario general, viviría en la Unión Soviética durante gran parte de la guerra, creando lazos orgánicos entre los dos países.

Era un ferviente pro soviético. El PC italiano, parejamente, salió reforzado; sería el segundo partido de Italia.

 

Además Stalin contaba con el resentimiento del general De Gaulle (no fue invitado a la conferencia de Yalta), líder indiscutible de los franceses, contra los anglosajones, surgido a raíz del proyecto político de Roosevelt de instaurar un gobierno de inspiración americana en la Francia liberada, desconociendo con altivez su liderazgo nacional.

Stalin despreciaba a los franceses y culpaba a los italianos de haberse aliado a los alemanes.

Algunas centenas de kilómetros separaban solamente al ejército rojo en Alemania, de Francia e Italia.

Muy poco, si tomamos en consideración los miles de kilómetros recorridos por dicho ejército en el vasto territorio soviético, en su avanzada triunfal para liberarlos de las hordas nazis.

Con el desorden de posguerra reinante en Francia e Italia, el hastío de las respectivas poblaciones ante la escasez de bienes y servicios, la tentación fue grande para el dictador soviético de lanzar millones de hombres a una incierta aventura militar. Sus generales, enardecidos por sus victorias, prometieron a Stalin llegar a las puertas de París y Roma en tan solo un mes.

No cuesta imaginar el desenlace imprevisible de los delirios de Stalin.

Personalmente, quien esto escribe militó más de diez años en el P.C. francés y conoce al dedillo su historia. Los comunistas franceses fueron siempre los más prosoviéticos, pero a su vez eran los nacionalistas más obcecados de su país.

Sus campesinos y sobre todos sus obreros y maestros, poseían un profundo sentido de la historia gala y de los derechos adquiridos, heredados de la revolución francesa.

Una gran parte de ellos habrían combatido junto con las fuerzas de De Gaulle al ejército rojo, en una suerte de guerrilla desesperada; una fuerte minoría encabezada por su dirigente Maurice Thorez se aliaría a Stalin.

París y las otras ciudades hubiesen sido devastadas por los miles de tanques y cañones soviéticos, pero estos a su vez habrían de vérselas a corto plazo con las temibles aviaciones de Gran Bretaña y Estados Unidos.

Es decir, lo que se vislumbraba era el estallido de una tercera guerra mundial o de una ocupación soviética fulgurante sobre millones de cadáveres. ¿Acaso la liberación de la Unión soviética y la ocupación de Alemania no habían costado más de veinte millones de vidas humanas, militares y civiles, muchos de ellos a resultas de la incompetencia militar de Stalin?

¿Qué indujo al dictador abandonar tan atrabiliaria aventura? Beria, el jefe de los servicios secretos soviéticos, informó a Stalin que el Proyecto Manhattan de elaboración de la bomba atómica había tenido un desenlace exitoso y que los norteamericanos podían producirlas en serie.

Militarmente la invasión de Francia e Italia era suicida. Fue abandonada.