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La vida bajo las dictaduras no facilita esos espejos de la Alicia en el país de las maravillas, de Lewis Carroll (pseudónimo de Charles L. Dodgson) para, atravesándolos, arribar a mundos utópicos, porque las dictaduras hay que sufrirlas si no se desean combatir, viviéndolas bajo sus reglas, pero extrayendo de ellas ese lado reconstructivo que viene parejo con las férreas disciplinas que estructuran y posibilitando los alcances provenientes de sus programas de reintroducción capitalista, siempre tutelados bajo la férrea supervisión del Estado, tal como se produjo en el patrón dictatorial de Trujillo. Esta modélica organización de las dictaduras fue la que visionó Juan Bosch en 1963, pero que no pudo implementar por su derrocamiento en septiembre de ese año y que, luego, en 1969, expresó en su teoría de la dictadura con respaldo popular.
Los nacidos entre los años 1938 y 1942 —que integramos la Generación del 60— conocimos aquella “Era” casi desde su mismo inicio, asimilando el cambio descomunal que transformó al país desde 1930 a 1945, cuando los gobiernos dictatoriales del mundo, empujados por los fenómenos revolucionarios producidos antes, durante y después de la Segunda Guerra Mundial, tuvieron que operar nuevos discursos. Y fue así que conocimos a los coberos y limpiasacos oficiales que, abofeteando la historia, propusieron y obtuvieron el cambio de nombre a la capital dominicana. Conocimos, también, la efeméride del primer centenario de fundado el país (1944), cuando Trujillo, en un acto que debe ser recordado como un trascendental acontecimiento histórico, arribó a un tratado para pagar la azarosa deuda externa que nos ocasionó los más terribles daños: el Empréstito Hartmont, tomado por Buenaventura Báez al aventurero inglés Edward H. Hartmont, setenta y cinco años atrás (1869), por la suma de 420 mil libras esterlinas, de las cuales sólo recibimos una pequeña parte y que ocasionó —entre otros males— los cierres de crédito al país antes de finalizar el Siglo XIX, la confiscación de nuestras aduanas y, lo más brutal, la primera intervención armada norteamericana, en 1916. En esa década de los 40 nos enteramos del momento en que Trujillo quiso abrirse a la democracia —presionado por los cambios posbélicos— permitiendo el surgimiento de partidos liberales, una medida que tuvo que anular a los pocos meses y que produjo el primer sismo de repudio colectivo a la dictadura. La secuela de esa represión fue la expedición de Luperón, en 1949.
En esos episodios, Trujillo, gran dominador del imaginario dominicano de los años veinte y treinta, tropezó con una generación que, aunque incubada mayoritariamente bajo su mando, no conocía a plenitud. Esta fue una generación que a pesar de haberse alimentado con las consignas propagandísticas del régimen, también tenía acceso a la radiodifusión de onda corta, a la prensa y al cine, por lo cual se había enterado de la existencia de la Unión Soviética y de las caídas del fascismo y el nazismo; aunque desde luego, también conocía las trochas dictatoriales abiertas en España, con Francisco Franco, en 1939.

