Opinión Articulistas

Abinader y Espaillat

Abinader y Espaillat

Rafael Peralta Romero

(y 2)

Esta es la continuación del discurso pronunciado el 29 de abril, Día de la Ética, por el presidente Luis Abinader en recordación del presidente Ulises Francisco Espaillat (1876). Por razón de espacio, hemos quitado párrafos. Dijo Abinader:

Hoy, casi 150 años después, su ejemplo no pierde vigencia. Al contrario: adquiere una fuerza renovada. Porque vivimos en un tiempo en el que la ciudadanía exige —con razón— instituciones que funcionen, gobiernos que respondan y líderes que actúen con coherencia. Un tiempo en el que la ética ya no es una aspiración retórica, sino una condición indispensable para la legitimidad democrática.

Y es ahí donde el legado de Espaillat encuentra un eco directo en el presente. Cuando impulsamos una gestión pública basada en la transparencia, cuando fortalecemos los mecanismos de rendición de cuentas, cuando defendemos la independencia del Ministerio Público y promovemos que la ley se aplique sin excepciones, estamos —en esencia— honrando esa misma convicción que guiaba a Espaillat: que el poder solo es legítimo cuando se ejerce con integridad.

Cuando afirmamos que detrás de cada contrato público hay una escuela, un hospital o una carretera que debe servir a la gente, estamos recogiendo su idea de que los recursos del Estado no son de quien gobierna, sino del pueblo al que se debe. Cuando asumimos que la ética no puede depender de las circunstancias, sino que debe ser el principio rector de toda acción pública, estamos caminando por la senda que él trazó.

… Sin ética, la política se degrada. Sin ética, la administración pública pierde su sentido. Pero con ética —y esto es lo que nos enseña Espaillat— la política puede ser un instrumento de transformación, la gestión pública puede ser un vehículo de justicia y la democracia puede convertirse en una verdadera garantía de dignidad para todos y todas.

Permítanme cerrar así con una reflexión que resume el espíritu de este acto y el sentido profundo de este homenaje. Hoy no estamos aquí para venerar el pasado como algo inmóvil. Estamos aquí para mantener vivo ese fuego. Estamos aquí para asumir una responsabilidad viva. Para tomar ese fuego que nos dejaron para cuidarlo y para hacerlo crecer.

Porque ese fuego es la confianza de la gente. Es la dignidad del servicio público. Es la esperanza de un país que cree en sí mismo. Y ese fuego no puede apagarse. Porque mientras ese fuego siga vivo, seguirá viva también la promesa de un país mejor.