Chiqui Vicioso luisavicioso21@gmail.com
Bonita, sofisticada, las fotos que Arlette me prestó para el video de Fidelio en sus 70 años, retratan la vida de una muchacha de clase media de la gloriosa República de San Francisco de Macorís.
Sus sombreros y lentes oscuros en Europa, su gestualidad, así la retrataban, también su insistencia en que la cámara no se acercara mucho para que no se le notaran del sufrimiento las arrugas.
Arlette fue la esposa de un hombre irremplazable, el teniente coronel Fernández Domínguez, como supongo lo son las esposas de la mayoría de los héroes de los doce años. No imagino como alguien pudo sobrevivir emocionalmente a Virgilio Perdomo, a Amaury, al Moreno, a Juan Miguel, o Amín Abel.
Digo emocionalmente, porque físicamente el cuerpo se adapta, la rutina se impone y también el deber, y el deber de Arlette desde que su esposo murió en el asalto al Palacio Nacional, en 1965, donde también mataron a Juan Miguel cuando lo fue a rescatar, fue preservar y dar a conocer la memoria de un joven y bello oficial, el Coronel Fernández Domínguez, que murió en la flor de la juventud defendiendo al primer gobierno constitucional que tuvo el país después de tres décadas de dictadura.
Empeñada en esa sublime tarea creo la Fundación Fernández Domínguez y se embarco en la escritura y publicación de su biografía, con el apoyo del grueso de sus compañeros, para que la juventud se enterara de los que antes que ellos murieron en la flor de la vida, con niños y niñas pequeños, y para que ellos pudieran manifestarse sin temor a ser ametrallados en la Plaza de la Bandera.
Un sentimiento es común en las mujeres de los revolucionarios, los mártires: la protección del compañero, una maternidad emocional frente al peligro, las traiciones, las calumnias, la prisión, la tortura, el exilio, el descredito, la mezquindad, la cobardía generacional. Por eso Arlette, en la conmemoración de uno de los aniversarios de la temprana partida del Teniente Coronel, en el Altar de la Patria, un 20 de mayo del 2017, dijo:
“Rafael, aquí estoy yo, de pie, no importan los años, no importa el cansancio, los desengaños. Te voy a cuidar, a proteger a defender, cueste lo que cueste, sin importar nada ni nadie”. Luego, estalló en llanto, porque Arlette era, como la describen sus hijas: fuerza, vulnerabilidad, pureza, amor, confianza.
¿Cuidar a Rafael de qué, protegerlo de qué, defenderlo de qué? De la única muerte real que es la del olvido.
Por eso a más de cincuenta años de la muerte de su esposo Arlette andaba herida, y como decía el poeta:
“Y solo la muerte lo sabe”. Paz.

