La jefatura de la Policía ha actuado sin pérdida de tiempo al detener para fines de investigación al sargento y el cabo que en la madrugada de ayer mataron en La Caleta a un raso de ese cuerpo y a un primo de éste.
Al margen de la protesta de la población, todos los indicios son de que se trató de un crimen que desacredita los argumentos de la Policía en la lucha contra la delincuencia. Los homicidas recurrieron al bochornoso intercambio de disparos con el descarado propósito de justificar el hecho.
El sargento Lenin Antonio Pío Guillén y el cabo Carlos Alberto Valera Pineda ametrallaron a Sucre D`Oleo Montero, de 25 años, y a Alexander Jiménez Matos, de 21, quienes viajaban en una motocicleta, tras pernoctar en un salón de billar de la localidad.
Una consternada población de La caleta reaccionó con justificada indignación por la muerte de los jóvenes en momento en que las victimas se disponían a adquirir alimentos en una freiduría.
D`Oleo Montero recién había ingresado a las filas policiales, tras cumplir con todos los requisitos de depuración requeridos para entrar a la institución, por lo que sería muy difícil endilgarle la etiqueta de delincuente, no sin que la jefatura policial tenga que admitir que todavía recluta a antisociales.
La verdad es que, conforme al criterio generalizado entre residentes en La Caleta, esos muchachos no cometieron ninguna acción que justificara el salvajismo policial, por lo que se reclama que los homicidas sean traducidos a la justicia civil para ser juzgados por ese crimen.
Aunque los responsables han sido detenidos, el hecho, que consterna e indigna, debería motivar a la jefatura de la Policía a profundizar la profilaxis en el seno de ese cuerpo a los fines de expulsar cuanto antes a oficiales, clases y alistados que con su conducta delictiva manchan o deshonran el uniforme. Porque duele decir que todavía esa institución padece de una severa infección de asesinismo.
Alienta que no se haya intentado ni por asomo justificar, apañar u ocultar el vil asesinato de esos dos jóvenes. De escogerse el camino de la impunidad, entonces nadie en su sano juicio creerá la cotidiana versión policial sobre muertes de civiles producidas durante supuestos intercambios de disparos.
El jefe de la Policía, mayor general Polanco Gómez no debería desaprovechar tan infausta ocasión para desinfectar a esa institución de alimañas para evitar que desalmados o delincuentes con uniforme gris asesinen impunemente, como ha sido el caso de dos jóvenes acribillados a balazos por una patrulla policial.

