Una multitud quemó vivo el miércoles en Yaguate, San Cristóbal, a uno de cuatro presuntos atracadores, en otro acto de barbarie imposible de justificar, aun con la premisa de que esos individuos mantenían en zozobra a la comunidad.
Como en los mejores tiempos del Coliseo Romano, el acto de linchamiento, incluido el rociar con gasolina el cuerpo del presunto ladrón y de encendido con un fósforo, fue transmitido por televisión.
Se admite y se comprende la ira que ha debido embargar a la población de Yaguate, al saberse presa de una banda que de cotidiano atracaba a lugareños y visitantes a los que despojaban de motocicletas, dinero y prendas, pero es absolutamente inaceptable que las víctimas apliquen justicia por propias manos.
Contrario al homicidio simple, que se comete por legítima defensa o estado de necesidad, el asesinato no es excusable en ningún estado de causa, ni aun bajo el criterio de que se lapida a un ladrón u homicida. Es por eso que las autoridades están en deber de identificar y someter a la justicia a quienes quemaron vivo a un presunto delincuente.
Debería preocupar a la sociedad el incremento de los linchamientos perpetrados por enardecidas multitudes, que ahora emplean el método de pegarles fuego a sus perseguidos, terrible costumbre que parece importada desde el otro lado de la isla, donde al menos 16 personas han sido asesinadas o incineradas por turbas que las acusaron de propagar el cólera.
Deficiencia de Policía, Ministerio Público y ordenamiento jurídico en perseguir, apresar y condenar a quienes infringen la ley penal, ha dejado un vacío o nicho de insatisfacción o angustia en la ciudadanía, que multitudes procuran remediar con la aplicación de bárbara justicia marginal, que convierte a los victimarios en más criminales que sus víctimas.
Las autoridades no pueden asumir tan irracional comportamiento como un mal necesario, porque quienes participan en esos linchamientos se convierten en reos de asesinato y como tales deben ser perseguidos y traducidos a los tribunales, sin importar- se repite- que tales actos de barbarie pretendan cobijarse en la indignación ciudadana por el auge de la violencia.
La sociedad toda debería alarmarse y preocuparse porque en los albores del siglo 21 en República Dominicana se instalan caricaturas de la Inquisición o del Coliseo Romano, donde comunidades participan o presencian jubilosas linchamiento, lapidaciones o quemas de seres humanos.

