Comer sin tener hambre puede ser visto como algo normal, pero ¡cuidado! No siempre es inofensivo, y hay señales que lo demuestran. A veces, el hambre no nace del estómago, sino de las emociones, pues muchas personas recurren a la comida para encontrar un refugio desde donde puedan manejar la ansiedad, la soledad, el estrés y la tristeza. Pero ¿Cómo podemos diferenciar entre el hambre física y el hambre emocional?
La psicóloga clínica y bariátrica, Hilary Solano, explica que el hambre física aparece de forma gradual y se manifiesta en el cuerpo con señales claras como vacío estomacal, debilidad, irritabilidad o dificultad para concentrarse. Además, suele ser flexible: cualquier alimento puede satisfacerla y la sensación de saciedad llega de manera natural.
En contraste, el hambre emocional irrumpe de forma repentina y está vinculada a estados afectivos específicos, especialmente aquellos que resultan reconfortantes. “Muchas veces no termina con saciedad, sino con culpa, malestar o necesidad de seguir comiendo. Esta distinción no siempre es perfecta, porque ambas pueden mezclarse, pero observar el contexto, la urgencia y lo que ocurre después de comer ayuda mucho a diferenciarla”, explicó durante una entrevista con ¡Qué Pasa!.
Según la especialista, el comer emocional suele estar especialmente vinculado a emociones negativas y a dificultades en la regulación emocional; es decir, cuando la persona no encuentra otras vías efectivas para manejar lo que siente.
“La comida puede ofrecer un alivio rápido, aunque temporal. Bajo estrés, el cerebro tiende a buscar recompensa inmediata y confort, y ciertos alimentos, sobre todo los muy apetitosos, pueden generar una sensación breve de calma o placer. A nivel psicológico, comer también puede funcionar como una estrategia de distracción, consuelo o anestesia emocional. El problema es que, si esta se convierte en la principal forma de regular el malestar, la persona no resuelve el origen de la emoción y puede entrar en un ciclo de alivio momentáneo, culpa y repetición” dijo.
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Señales de alerta
Existen señales de alerta de que este hábito se está volviendo problemático, en especial cuando interfiere con la vida diaria o la autoestima, por lo que puede requerir atención clínica.
En ese sentido, la psicóloga indica que, entre estas señales se encuentran: el comer para calmar emociones de manera frecuente, sentir pérdida de control al empezar a comer, comer con culpa o vergüenza, esconder comida o comer a solas por miedo a ser juzgado, pensar constantemente en “compensar” después y notar que la comida se ha convertido en una de las principales estrategias para manejar el malestar. “También preocupa cuando este patrón empieza a interferir con la salud física, la autoestima, la vida social o el funcionamiento diario. Cuando hay malestar significativo y repetición del patrón, ya no estamos hablando de un hábito aislado, sino de algo que merece atención clínica”.
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Estrategias para romper el ciclo
Este ciclo se puede romper, solo hay que adoptar estrategias para ello. En tal sentido, recomendó aprender a identificar el disparador emocional, ponerle nombre a lo que se está sintiendo y hacer una breve pausa antes de comer. Puede ayudar preguntarse: “¿Qué necesito realmente ahora mismo?”.
“A veces la necesidad no es comida, sino descanso, contención, regulación o pausa mental. También es útil llevar un registro de situaciones detonantes, establecer una estructura de alimentación regular para no llegar a un nivel alto de vulnerabilidad fisiológica y desarrollar habilidades de regulación emocional como respiración, grounding, tolerancia al malestar, mindfulness y apoyo social. Cuando el patrón es repetitivo o genera pérdida de control, la terapia cognitivo-conductual es uno de los tratamientos con mayor respaldo para el trastorno por atracón, y enfoques como la DBT pueden ser especialmente útiles cuando hay alta desregulación emocional”, concluyó.

