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Cómo el presidente Hipólito Mejía desterró los vertederos en el DN

Cómo el presidente Hipólito Mejía desterró los vertederos en el DN

Fotografía de basura de archivo

Con la integración comunitaria en la recolección de desperdicios sólidos, a través de cientos de organizaciones de los sectores afectados, el entonces presidente Hipólito Mejía logró desterrar, eliminar, los tediosos y múltiples vertederos o basureros callejeros que por más de 15 años le habían “tumbado el pulso” a varios síndicos (alcaldes) en el Distrito Nacional, con la ejecución de un incluyente programa financiado con los fondos aprobados en la Convención de Lomé IV de la Unión Europea.

Un lunes del inicio del 2003, el presidente Hipólito Mejía, acompañado de Huchi Lora y de Don Pepín Corripio, me llamó en estos términos: ¡Eyy Lichito, te quiero ver! Sorprendido le pregunté, ¿cuándo y dónde? Me respondió, el miércoles, a las 8:00 de la mañana en mi despacho. Le ordenó al entonces jefe de su seguridad, general Cáceres que me facilitara llegar. Me recibió, me explicó lo que quería y de inmediato llamó al arquitecto Manuel-Memé-Cáceres Troncoso, a la sazón, Ordenador de los fondos europeos en el país, y le dijo “Memé, ya tengo quien nos resolverá el problema de Sabamar y los barrios” Nos despedimos, con un “Buen viaje señor presidente”, él que el salía hacia Japón en la tarde.

El programa de Saneamiento de los Barrios Marginados, SABAMAR, estaba concebido para integrar a las comunidades en la preservación del medioambiente y, lógicamente, todo iniciaba por la recogida de la basura que la misma comunidad vertía en las calles y callejones, evidenciando la menguada capacidad en múltiples aspectos de varias gestiones municipales para lograr recogerla.

Por tratarse de que la mayoría de esos sectores eran los más poblados, conformados por grandes inmigraciones desde el interior del país y, estaban rodeados por los tres grandes ríos que circundan el Distrito Nacional: Ozama, Isabela y Haina, además de los cientos de cañadas que le atravesaban, la inmensa cantidad de esos desperdicios terminaban en sus cauces, contaminando las aguas, provocando calamidades humanas con enfermedades e inundaciones frecuentes.

El programa estaba concebido para evitar el depósito de los desperdicios en las calles, en las cañadas y los ríos, así salvamos los pozos filtrantes, los imbornales y en consecuencia la vida de esos ríos y de paso evitamos los desbordamientos de las cañadas que ocasionaban inundaciones en las viviendas y sectores que circundaban.

La dinámica prevista por el proyecto era comprarles los desperdicios a las comunidades, en un acuerdo con las autoridades municipales correspondientes. Como es de comprender, uno de los retos significaba encontrar la vía expedita para la factibilidad de los objetivos y a aplicar la mecánica del proyecto en un tejido social tan disímil.  

El gobierno del presidente Mejía había logrado fondos provenientes de la Unión Europea (UE) para sustentar el inicio del proyecto. Con estos fondos se preveía la capacitación a la comunidad, donar los primeros equipos (vehículos pequeños, carretillas, entre otros,) necesarios para el traslado de los desperdicios a una planta de transferencia, cuyo costo estaba contemplado por los fondos iniciales,  donde serian tomados por los equipos de los ayuntamientos.

Apoyado en las buenas relaciones con los líderes comunitarios que me atribuía el presidente, me trasladé ese mismo día a La Zurza, para iniciar allí la tarea de convencimiento a esos líderes de cada comunidad de los beneficios del programa. Debo resaltar que, por las diferencias de intereses y la necesidad de consenso, debimos agotar jornadas de persuasión en asambleas e individual, de días completos, en algún caso llegar hasta la madrugada.

Logramos consensuar la creación de “Empresas Sociales Comunitarias” luego configurada como “Fundaciones Comunitarias”, una por barrio o unión de varios, cuyas asambleas respectivas aglutinaban hasta 112 organizaciones, entre juntas de vecinos, iglesias, escuelas, clubes culturales, fundaciones, etc.  

Los beneficios por la venta a los ayuntamientos de los desperdicios comunitarios estaban destinados a fortalecer la capacidad operativa de las instituciones y a la mejoría de las condiciones físicas y ambientales de los barrios y sus moradores. Se estima hoy en cientos de millones de pesos y mas de 600 empleos directos esos beneficios.

Iniciamos con empresas en los barrios La Zurza, Capotillo, Simón Bolívar, 24 de abril, Las Cañitas, Espaillat, Gualey, 27 de febrero, María Auxiliadora, Guachupita, La Ciénega, Los Guandules, La Puya, entre otros, en el hoy Distrito Nacional. Además, Los 3 Brazos, Vietnam Katanga, Los Mina, en el recién creado Santo Domingo Este y El café de Herrera, La Palmas en Santo Domingo Oeste.

Líderes comunitarios como: Juan Candelario, Fresa Durán, Facundo Reyes, Francisco Reyes, Arístides Arroyo, Jorge Jiménez, Elpidio Cuevas, Guillermo Méndez, Ramón de Js Crisóstomo, Rafael Torres, Gilberto Santos, Isaías en Gualey, Francis Disla, Andrés Mora Vallejo, Gilberto Bruno de la Cruz (mañiño), Yovanny de js Guzmán, Javier Santiago Garcia (Soco), Ivelisse Brache Adalberto Moreta, Jorge Hernández (Jorgito), Carlos Arias, entre muchos más.

Fueron soportes claves en estos logros: El arquitecto Manuel Cáceres Troncoso (Don Meme), José Carlos, Alersio Pimentel, Roberto Castillo Tio, Matilde Reyes Vásquez, además, la ONG Enda Caribe, IDDI, CE Mujer, Centro Juan Montalvo, el padre Jorge Cela, entre otras.

Por Andres-Licho-Matos

El Nacional

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