Manolo y Caamaño
[Fragmento del Capítulo VII de mi novela Currículum, el síndrome de la visa, 1982]
Pérez abandonó el restaurante Roxy y sintió la brisa fría golpear su rostro. Era la brisa que sale a pavonearse en las medianoches de la calle El Conde.
Pérez sintió que su cuerpo se refrescaba, sobre todo sus ojos, impregnados por el humo de cigarrillos y el aire viciado del restaurant. Caminó hacia el Baluarte y observó la luz de los letreros. Había letreros viejos y nuevos, de nombres conocidos y desconocidos: el de la fábrica de camisas Comander, el de una nueva heladería, el de la tienda de discos Musicalia, el del hotelito-pensión Aida [en la esquina con la calle Santomé], el de la tienda-sastrería La Coruña.
Y al observar la calle con su asfalto brillante bajo las luces de neón, Pérez se contempló a sí mismo cantando canciones revolucionarias, caminando con un traje caqui y una camisa desabrochada junto a los poetas Miguel Alfonseca y Grey Coiscou, y los pintores Silvano Lora y Condesito; vio a la pecosa Graciela corriendo con un policía persiguiéndola y luego su garrote fálico golpearle la cabeza. Oyó, sí, oyó aquel canto de lucha antifascista:
“Una mañana, de sol radiante, / o bella ciao, bella ciao, bella ciao, / ciao, ciao. / Una Mañana, de sol radiante, / he descubierto al invasor. “
Pérez sintió que estaba a punto de llorar porque ahí, en El Conde, había un pedazo de él y ahora era refugio, asilo y calvario, no del estilo lumpenesco de antaño, en donde el asedio de los pedidores de café y cigarrillos era sólo una parte de la historia, sino de los actuales vagos de ahora, llenos de vicios, frustraciones y cargadores de residuos donde los malentendidos históricos no tenían asidero.
Sí, la CIA y el sistema se habían tragado El Conde; la hegemonía empresarial había podido, al fin, sacar de circulación a la calle indómita, convirtiéndola en una pésima copia al carbón [parecida en sus depravaciones de drogas y prostitución] a la 42 street neoyorkina.
Mientras allá arriba, en la esquinan Hostos, perdida para siempre en el marasmo de una cronología maldita, la figura fantasmal de Manolo saluda desde un balcón a la multitud de las cinco y media de la tarde, justo antes de iniciarse el programa del 1J4, justo antes de que el grito “¡Tierra para los campesinos!” estremezca los aires y justo antes de que el aparato policial descuartice las aspiraciones —las jóvenes aspiraciones— de los hombres con anhelos de igualdad. ¡Ah, cuán distantes están Las Manaclas y ese glorioso mes de abril, de la Playa de Caracoles!
Estas fechas aplastantes comprimían la cabeza de Pérez y sobre su cuello se abatió de repente un golpe de realidad: estaba aún en El Conde y cerca, muy cerca, únicamente a unos doscientos metros, estaban Manolo, Abril y Caamaño, allí frente al Baluarte, agitando los brazos y diciendo, casi emulando a los rebeldes históricos, ¡Patria o Muerte! ¡Venceremos!.
Por: Efraim Castillo
efraimcastillo@gamail.com

