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Daphné  primer amor de  Apolo

Daphné  primer amor de  Apolo

Daphné, muchacha de Pénée el dios-rio, fue el primer amor de Apolo; este amor no fue el objeto de la casualidad, sino de la implacable cólera de Cupido.

Fue a plantearse sobre la copa oscura del Parnaso; luego, obtuvo dos características de su aljaba destinadas a dos trabajos muy opuestos: uno pone en fuga, otro hecho nacer el amor.

Del primero, el dios alcanzó a la ninfa muchacha del Pénée; pero del segundo, hirió a Apolo, cruzando sus huesos hasta el tuétano.

Inmediatamente, uno gusta; otro huye el nombre de amante; rival de la virgen Phoebé, no se agrada hasta a las jubilaciones indeterminadas de los bosques, y a la captura de los animales salvajes.

Una tira retenía su cabellera dispuesta sin astucias.

Numerosos eran los que la proseguían, pero ella, rechazando ss anticipos, rebelde al esposo quien ignora, recorre en los bosques impenetrables, y no se preocupa de lo que son, el hymen, el amor, el matrimonio.

A menudo su padre le ha dicho: «Debe, mi hija, darme a un yerno.»

Otras veces le dijo: «Debe darme, mi niño, de los nietos.»

Pero rechaza con horror, estos pensamientos criminales, el pensamiento de las besadas nupciales; su bonita cara se cubre entonces con una púdica rojez, y suspendiéndose, de sus brazos acariciando, al cuello de su padre, le dice: «Concede a me, amado padre, la alegría de una eterna virginidad.

Su padre la concedió bien antes a Diana.»

«Tu encanto, Daphné, te prohíbe lo que desea, y tu belleza se opone a tus deseos.

Pero puesto que lo quiere así, me vuelvo a tu rezo.»

Un día, Apolo percibió a Daphné, le la gustó y deseó, a pesar del dictamen contrario de los oráculos, unirse a ella.

Expulsaba; su vestido corto él venía a las rodillas, sus brazos estaban desnudos y su cabello en desorden.

Su belleza, a pesar de eso, seguía siendo encantandora y Apolo pensó:

«Qué sería, si fuera vestida convenientemente y si su cabello se capsulaba!»

Veía estos ojos brillantes, similares a astros; esta boca exquisita, de la que la vista no bastaba ya a su deseo; elogiaba los dedos, las manos, las muñecas, los brazos más que a mitad desnudos; y, lo que se le ocultaba, se lo imaginaba aún más belleza la redondez de las carnes, la gracia de un seno juvenil.

La ninfa huía, más rápido que una respiración ligera, ella no se detenía a los acentos del dios que llamala: ¡»O ninfa, muchacha de Pénée, yo te suplico, te detengo te! ¡no te prosigo en enemigo, ô ninfa! Huye como la oveja huye del lobo, como la cierva huye del león, como los pernos huyen del águila de un ala temblorado.

El Nacional

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