Al reclamar a Estados Unidos que no se inmiscuya en asuntos internos de República Dominicana, el canciller Carlos Morales Troncoso ha reivindicado un concepto de soberanía otra vez agredido por una reincidente intención de Washington de convertirse en censor del planeta.
El Departamento de Estado divulgó un informe unilateral que sitúa al territorio dominicano como puente del narcotráfico y a gobierno y población como afectados de corrupción endémica.
Sin entrar en consideraciones sobre el contenido de ese escrito, el canciller ha rechazado con todo vigor y razón la pretensión estadounidense de arrogarse derecho para evaluar por propia cuenta políticas domésticas sobre combate al narcotráfico o de cualquier otra índole.
El Gobierno dominicano nunca ha redactado ni divulgado informe alguno para enjuiciar auge del consumo o tráfico de drogas en Estados Unidos, por lo que resulta inaceptable que esa nación pretenda evaluar políticas, cuyo diseño y ejecución corresponden exclusivamente a las autoridades nacionales.
Puede decirse que ante el generalizado silencio y temor oficial frente a ese infame informe, el canciller Morales Troncoso reivindica el honor colectivo, al rechazar esa burda forma de intromisión en asuntos de exclusivo fuero nacional.
No importa si lo señalado en el informe del Departamento de Estado sobre corrupción y narcotráfico tenga mucho o poco de verdad o mentira, su contenido ha debido ser rechazado -como lo ha hecho el canciller- por constituir una grosera forma de intervencionismo.
Ese rechazo, que se supone es la posición oficial de República Dominicana ante el despropósito de Washington, adquiriría mayor dimensión diplomática y política si el presidente Leonel Fernández lo repite íntegramente frente a la secretaria de Estado Hillary Clinton, durante el encuentro que ambos sostendrán mañana en Guatemala.
No se aspira a que David venza a Goliat, pero sí a que acopie valor para poder enfrentarlo.

