El magnicidio del 30 de mayo de 1961 supuso el inicio de la democracia, espacio de libertad y convivencia política, por cuya vigencia y consolidación el pueblo dominicano ha vertido más sangre e incurrido en imborrables sacrificios.
Más que pesadilla de tiranía, las nuevas generaciones deberían ayudar a extender el manto de la equidad social que excluye a millones de dominicanos, que aún malviven al otro lado de la verja de miseria.
Sin invitar olvido ni perdón pagano, lo aconsejable sería que la sociedad dominicana logre -tras tres décadas de dictadura y medio siglo de su decapitación- extirpar de su adolorida epidermis ponzoñas de odio o rencor y poder aliviar añejas heridas con bálsamo de justicia.
Héroes del 30 de mayo, de la Raza Inmortal, expedicionarios del 48 o del 59 y tantos combatientes dominicanos y extranjeros, no ofrendaron sus vidas para que la tiranía cambiara de rostro, sino para que su sangre abonara la simiente de una auténtica democracia.
Por todo lo antes expuesto se censura que en nombre de la libertad se haya impedido el derecho de otros a expresarse libremente, sin más cortapisas que las limitaciones señaladas por la ley.
Un grupo de ciudadanos impidió anoche por la fuerza el acto de puesta en circulación de un libro escrito por la señora Angelita Trujillo, hija menor de Rafael Leonidas Trujillo, que se efectuaría en el hotel Santo Domingo, lo que debe definirse como censurable acto de intolerancia.
No se niega el derecho constitucional a la protesta pacífica, pero nadie debe ni puede atribuirse facultades de cercenar prerrogativas que la ley asigna a los demás.
Si en verdad la frustrada actividad violaba algún canon legal, impedirla correspondía a la autoridad pública y no a particulares.
Si bien no resulta saludable para la consolidación democrática el pretendido intento por revivir el trujillismo, más pernicioso sería perseguir fantasmas mediante el uso de métodos comúnmente empleados por el tirano.
La intolerancia causa tiniebla; el choque de las ideas provoca luz.

