Derrota merecida



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Para comprender las causas de la derrota del PLD en las recientes elecciones municipales, es imprescindible conocer las razones que, desde su fundación, le generaron creciente influencia en amplios segmentos poblacionales hasta conducirlo a la cúspide del poder, momento en el cual, aunque parezca paradójico, se inició la acumulación de motivos que explican, no solo los desastrosos resultados obtenidos en el presente, sino lo que es más lastimoso, el desprestigio que acumula, lo cual es absolutamente antagónico al respeto que concitaba en sus años de vigor ético y moral.
El PLD surgió y así se comportaban sus miembros, como escuela de novedades en las formas de ejercer la política. Los ojos asombrados de la nación no se cansaban de admirar aquellos métodos originalísimos para hacer las cosas, traducidos en pequeños detalles como limpiar los espacios donde se hacían las actividades de masas; la recolección de fondos; la forma y colocación de propaganda, hasta aspectos trascendentes como los programas de educación de sus militantes; la publicación de una revista de especializado contenido y un periódico que trascendió las fronteras reducidas de las organizaciones partidarias. En fin, ser peledeísta era una marca que denotaba integridad, seriedad, disciplina y fervor patriótico. Todo eso, bajo el liderazgo incontrovertible de una figura de la dimensión de Juan Bosch.
El partido se estructuró y desarrollaba bajo una premisa fundamental: Lo importante no era ser gigante en su composición interna, sino estar provisto de gran autoridad sobre la gente, lo cual, garantizaba que esa calidad de sus integrantes generaría una cantidad cualitativamente enriquecida. Así ocurrió. Ese pequeño conglomerado fue creciendo, más que hacia adentro, en su influencia social y política.
De esa manera, desde su primera incursión electoral, 1978, cuando obtuvo 18,000 votos, logró multiplicar por 10 esa cifra en la segunda ocasión y por 2 en la siguiente. Solo un reiterado fraude del balaguerismo pudo impedir su victoria en 1990 estando en la cima de su respetabilidad como entidad partidaria, derivada de esa percepción que estableció que, bajo su conducción, nuestro Estado se organizaría sobre la base de una democracia funcional, equitativa, institucionalizada y justa.
Por un imponderable de la vida, para esa época inició la enfermedad que decretó la exclusión del líder de importantes decisiones y con ello, el descubrimiento de que el discipulado estaba decidido a producir giro abrupto en las características que colocaron al PLD en el sitial que para entonces ocupaba.