En nuestro país continuamente vemos cómo se desmoronan los principios e instituciones que sostenían su sistema de elección democrática: años atrás sus líderes utilizaban el discurso político, y las ayudas económicas provenían de contribuciones de amigos empresarios; mientras hoy no tienen discurso y los soportes financieros proceden de fuentes ilícitas, en mayor caso.
Así surgen gobiernos con apoyo del narco y el juego de azar; si se trata de montar una estrategia de reelección, entonces es asegurada a través del desfalco descomunal de los bienes públicos.
El aspecto frustrante es que alcanzado el poder se diseña una agenda filantroelectorera o filantroportunista, y con un gasto demencial que nos llevará a la inevitabilidad: la quiebra. Estas han sido las prioridades, una verdadera argucia.
Por eso hoy desgraciadamente caminamos con una democracia débil, y que vive la peor crisis porque lleva dentro el mayor de los riesgos: el populismo descarado, no sólo el del abrazo y el halago, sino el de la dádiva. Repartirlo todo, no para el bien de todos, sino de sus propios intereses, es decir, construir metódicamente un modelo para permanecer en el poder manipulando el votante. Por tanto, la piedra angular del régimen es la corrupción y el dispendio.
Es hora de poner límite a este deterioro causado a los bienes públicos, razón por lo cual las obras públicas, los servicios, etc., se han hecho inviables, y además, termina infectando más la herida que no cicatriza de una buena gestión de gobierno.
El mejor ejemplo nos lo ha brindado el Gobierno actual donde se ha llegado a robarle a los enfermos, vergonzoso sonrojo que ha causado haciendo más vulnerable el régimen de seguridad social, y por demás, a la población más carenciada. Parece realmente que no se ganan el respeto por ese amplio despliegue de ineficiencia y perezosa demostración que nos hace ver que el Estado sólo es utilizado para vencer al enemigo, usándolo como proveedor ilimitado de privilegios, prebendas, gracias, y corrupción tolerada, eso sí, a lo

