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La concentración del poder, pese a ventajas relacionadas con la gobernabilidad, no responde a parámetros de la democracia. Esta supone el ejercicio público con representación de los sectores sociales que interactúan en un escenario determinado.
El principio democrático armoniza con pluralidad, con diversidad de representación de corrientes de opiniones confrontadas con respeto y exposición de posiciones ideológicas. Para Moreno Yanes, el Estado debe garantizar el gobierno de la mayoría donde “las minorías se sientan integradas”, resaltando que los sistemas proporcionales son propios de Estados con complejidad social.
Es imposible estructurar un sistema electoral perfecto, ni fórmula infalible para alcanzar equilibrio inobjetable en la representatividad. Todos generan distorsiones con resultados más afines, por un lado, o menos cónsonos, por otro, con el espíritu democrático. Son sesgos estadísticos que Oñate refiere cuando afirma “los sistemas electorales, al traducir votos en escaños, generan sesgos que disminuyen la proporcionalidad entre voluntad popular (votos) y distribución de puestos de autoridad gubernamental (escaños)”.
Eso no resulta inocuo, porque deja huellas traducidas en democracias y representaciones deficientes, desproporcionadas y distorsionadas. Por la magnitud de sesgos, un sistema puede tener efectos en la distribución de escaños, y ex ante, en la decisión del votante, “induciendo su voluntad en sentido distinto del que inicialmente tenía”.
Esto revela la trascendencia del tema. Las distorsiones operan en la materialización de resultados y distribución de escaños, e influyen en la psiquis de electores para inclinarlos por opciones que no eran sus preferidas. Son arrastrados hacia ellas por cuestiones subjetivas.
Tal fenómeno tiene mayores probabilidades de concretizarse en espacios de escaso desarrollo político y precaria firmeza ideológica como ocurre en América Latina donde segmentos poblacionales son seducidos por elementos ajenos a sus necesidades, pero que les generan sensación de victoria o, de ser capaces de eludir derrotas electorales, ignorando que las alternativas abandonadas eran las más convenientes.
Eso no constituye un ejercicio de elucubración. Son afirmaciones con sustento práctico y riguroso porque “el mecanismo para transformar votos en escaños no es aséptico y los sistemas proporcionales impuros y los mayoritarios generan efectos medibles y determinados”.
Tan lejos se ha llegado en la sustentación de conceptos teóricos como los esbozados para dotarlos de rigor académico, que la doctrina especializada ha arribado a conclusiones que le ha permitido clasificar esos efectos en mecánicos o reductores y psicológicos o constrictivos. Los primeros operan sobre el sistema de partidos. Los segundos sobre votantes y élites políticas. Continuará.

