Opinión

Dos premios Siboney

Dos premios Siboney

“El poema hace de nosotros una forma-sujeto específica. Nos practica un sujeto que no seríamos sin él”. —Henri Meschonnic.
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La analogía, probable aunque insustancial, cabe entonces como señalamiento elemental para situar y corroborar el asentamiento de dos poetas pertenecientes a una generación (la de post-guerra) altamente tecnificada y rica en trabajadores culturales, que especifican y particularizan la resaca ambiental de la Revolución de Abril, no ya como un cataclismo que presiona y condiciona lo social, sino como un hecho sociológico consumado.

Podría parecer un contrasentido inmiscuir lo ideológico con lo simbólico, pero, ¿lo es? Tanto lo ideológico como lo simbólico podrían constituir elementos —o figuras— desprovistas de identidad, si la existencia de lo uno y lo otro no estuviese precedida por y para unos sujetos, como explicita Althusser en Ideología y metáfora (1988), lo que, entonces, condiciona su funcionamiento a la existencia de la noción de sujeto. Así, la práctica ideológica y la función metalingüística de la metáfora deben responder a la implementación de una estructura comunicante en que el circuito semiótico integre una ida y vuelta: la ideología como conductora de la práctica y la metáfora como conductora de una expresión.

En El Fabulador, de José Enrique García, la noción de sujeto alcanza un rol envergante al trasponer y usurpar las funciones de lo simple-narrativo en la prepotencia de un hacedor de la historia, de la autohistoria en este caso específico: el textista, desdoblado en hado, irrumpe en la experiencia narrante, subordinando su propia experiencia en provecho de lo ideológico: «Yo lo adiviné o lo sentí una / noche en que dormía/los otros modelarán el barro/levantarán las casas/extenderán las siembras/justificarán la sangre de la guerra» (p. 20).

Y parecería que José Enrique García, en la sinécdoque establecida en el título del texto, tuvo la intención de particularizar su propia historia —o la historia del poeta como sujeto—, yuxtaponiéndola con la de un contador de fábulas que desarticula el relato en un rejuego tropológico y sistematiza el antecedente por el consecuente.

Y este sentido, marcadamente subjetivo, tiende a oficializar una conceptualización ideológico-metafórica en el poema, conduciéndolo —y extrayéndolo al mismo tiempo— hacia un posicionamiento en que la singularidad vivencial y la mutación angustiante sirven de pretexto para referenciar lo que el propio poeta considera que son los otros.

De ahí, no cabe duda, que el fabulador (como sujeto de su propia historia) adquiera una conciencia colectiva: «En mí tomaron forma las formas/de los hombres que tocaron mi cuerpo/la arcilla y la luz se refugiaron en mi carne», (p. 75), cuando aún la propia imbricación de este acto sociológico surge a partir de su propia historia.

Sin embargo, sería interesante señalizar que lo ideológico-metafórico, esa sustancia que en José Enrique García adquiere verdaderos ribetes condicionantes por y para un sujeto, basa su función descifradora en una especie de combinación imaginaria, subjetiva, en donde el sueño, por un lado, y la historización del propio discurso,

El Nacional

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