Opinión

Eirene

Eirene

El perdón libera el alma, elimina el miedo. Por eso es una herramienta tan poderosa. Si quieres hacer las paces con tu enemigo tienes que trabajar con él, entonces se vuelve tu compañero”. “Todos compartimos una humanidad común y nuestra diversidad en todo el mundo es la mayor fortaleza de nuestro futuro”.

Estas frases, dichas por Nelson Mandela, parecen más las de un hijo de Eirene, Diosa de la Paz de la antigua Grecia, que las de un guerrero, porque la paz siempre ha sido una cualidad considerada femenina, de ahí que los grandes movimientos de la mujer en la historia, el sufragismo y el feminismo, hayan sido pacifistas.

¿Como entendemos las mujeres la paz? Como la defensa de la vida, como madres cuyos hijos parten a la guerra, mueren en las guerras sin sentido de los hombres. Decía Virginia Woolf, la escritora inglesa: “Por que luchar? Evidentemente para ustedes en la lucha hay cierta gloria, cierta necesidad, cierta satisfacción que nosotras jamás hemos sentido ni gozado”.

Empero Eirene no funciona sola, sino en coro con sus dos hermanas, Dike, o justicia y Eunomia, o buen gobierno. Las tres actuando en conjunto pueden derrotar a Ares, Dios de la Guerra, y regresar a la humanidad los dones que siempre le roban: la abundancia, el bienestar y el orden.

Desde siempre las mujeres han entendido que la salvación de la vida depende de nosotras, anteponiendo nuestros intereses de género a los intereses políticos. En ese sentido todas somos Lisistrata , mujer de Grecia que hizo un llamado a todas las mujeres, a las de los bandos contrarios para salvar a Grecia, en nuestro caso para salvar la isla:

“La salvación de Grecia depende de nosotras. Si lográsemos que se nos unieran todas las mujeres, creo que lograríamos salvarla”.

Las mujeres, porque como madres sabemos lo que cuesta un hijo, hemos sido las mediadoras históricas de todas las sociedades en conflicto. En nuestro rechazo de la guerra y del conflicto practicamos la caridad, virtud que trata de reparar desequilibrios extremos en una población que ni en lo social ni en lo económico se acomoda a criterios igualitarios.

Es la misma paz que obsesionaba a Salome Ureña, victima en su corta vida de 31 cambios de gobierno y un número parecido de revueltas.

Hemos vivido unas semanas terribles, donde no ha servido de nada la presencia de Eirene y sus hermanas Dike y Eunomia, o la trayectoria vital de Nelson Mandela, para calmar la psicopatía social desatada por tradicionales demagogos, en nombre de un ideal duartiano que no practican.

Es tiempo de villancicos y abrazos. De afirmar con Don Pedro, en esta Navidad: Y ahora no quiero más que paz.

Chiqui Vicioso
luisavicioso21@gmail.com

El Nacional

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