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El desafío tecnológico de crecer en la región

El desafío tecnológico de crecer en la región

El inicio de 2026 dibuja un escenario curioso para las empresas de Centroamérica y República Dominicana. Por un lado, predomina la confianza en el crecimiento de los negocios; por otro, ese optimismo convive con riesgos estructurales que no desaparecen, solo cambian de forma. La región parece moverse en una dualidad permanente: avanzar mientras gestiona presiones cada vez más complejas. Los datos provienen del estudio Perspectivas regionales y de negocio 2026 elaborado por KPMG, basado en la consulta a más de 200 ejecutivos de la región.

Buena parte de esa tensión proviene de la tecnología. Las organizaciones planean invertir con fuerza en analítica de datos, nube e inteligencia artificial, no solo como mejora operativa, sino como condición para seguir siendo competitivas. Sin embargo, la madurez digital sigue siendo desigual. Mientras unas pocas compañías operan con enfoques de innovación continua, muchas otras reaccionan a las disrupciones en lugar de anticiparlas. Esa brecha, más que técnica, es estratégica.

La inteligencia artificial resume bien el momento. Se percibe como motor de eficiencia, reducción de costos y mejor experiencia de cliente, pero también introduce preguntas sobre gobierno corporativo, riesgos regulatorios y preparación del talento. La discusión ya no es si adoptarla, sino cómo hacerlo sin aumentar la exposición a fallos operativos, sesgos o vulnerabilidades.

El talento, precisamente, se consolida como uno de los puntos más frágiles del sistema. Atraer, desarrollar y retener capacidades digitales se vuelve tan crítico como invertir en tecnología. Las empresas empiezan a ajustar compensaciones, modelos de trabajo y programas de formación, pero el desajuste entre lo que se necesita y lo que el mercado ofrece sigue siendo evidente. Sin capital humano preparado, la transformación digital se queda en discurso.

A esto se suma un entorno de riesgo cada vez más visible. Los ciberataques encabezan las preocupaciones operativas inmediatas, recordando que la digitalización sin protección adecuada no es progreso, sino exposición. La seguridad deja de ser un tema técnico para convertirse en un asunto de continuidad del negocio y confianza.

En paralelo, tendencias como el nearshoring y la expansión hacia nuevos mercados mantienen abierta la posibilidad de crecimiento regional. Pero capitalizar esas oportunidades exige algo más que ubicación geográfica favorable: requiere infraestructura, regulación clara, talento especializado y empresas capaces de escalar con rapidez.

También comienza a notarse un cambio en la conversación empresarial. Ya no se habla únicamente de adoptar tecnología, sino de rediseñar modelos de negocio completos alrededor de lo digital. Esto implica revisar procesos, cultura organizacional y esquemas de liderazgo con una profundidad que muchas compañías aún no terminan de dimensionar. La transformación real no ocurre en los sistemas, sino en la forma en que se toman decisiones.

Además, empieza a tomar fuerza la idea de que la competitividad regional no dependerá únicamente de cuánto se invierta en tecnología, sino de la capacidad de integrarla de forma coherente en el tejido productivo.

La colaboración entre sector público, academia y empresa privada será determinante para cerrar brechas de habilidades, fortalecer la confianza digital y sostener el crecimiento en el tiempo. Sin esa articulación, cualquier avance tecnológico corre el riesgo de quedarse aislado, sin impacto real en la productividad ni en la resiliencia económica de la región.

En ese contexto, 2026 se perfila menos como un año de resultados y más como un punto de inflexión. Las organizaciones que logren alinear estrategia, talento y tecnología podrán convertir la incertidumbre en ventaja competitiva. Las que no, probablemente seguirán creciendo, pero cada vez con menor relevancia en un entorno que ya cambió de reglas.