El general Pedro Santana inmovilizó tropas españolas durante la Restauración



Poco después de proclamada la anexión nos visitó el capitán general y gobernador de Cuba, Francisco Serrano, duque de San Antonio. Esperaba ser recibido con banda de música, flores y quizá, una entusiasmada multitud.

En cambio han contado el teniente general José de La Gándara y el capitán Ramón González Tablas, de la parca recepción. Llegados los dos vapores en los cuales se trasladaron él y su comitiva frente a la costa de Santo Domingo, Serrano oteó el litoral. ¡Nada de banderas, nada de público, nada de festejos!
De La Gándara escribió entonces de la decepción de Serrano. Por un instante pensó en la revocación del decreto de las Cortes. Cierto escrúpulo determinó descartase esta iniciativa. Desde la Gobernación de la vecina isla patrocinó la aceptación de Santo Domingo en las Cortes en Madrid.

Él convenció al general Leopoldo O’Donnell para introducir la cuestión de Santo Domingo en el parlamento. Por tanto, tragándose el orgullo, se decidió por observar el desenvolvimiento de la colonia.
Al llegar a puerto, aumentó su desagrado. El capitán general y gobernador designado por la Reina Isabel II, no formaba parte de la comitiva de saludos. Los comisionados se permitieron ofrecer las excusas de lugar por parte del general Santana. Sufría una contispación gripal.

De todas maneras, el General Serrano quiso visitar, al día siguiente al de su llegada, a su homólogo de Santo Domingo. Llegados a la residencia de Santana, lo encontraron, desnudo del torso y con el pantalón sostenido por una soga. Descansaba en una hamaca.

¡Lo era todo, menos un hombre de Estado! Este era el Santana del cual le llegaban noticias durante las negociaciones.

Recordó la conducta observada por Santana durante visitas anteriores de dignatarios españoles. En fechas cercanas al cierre del tratado de anexión, en medio de las negociaciones, no recibió tampoco a emisarios enviados por Serrano.

Esta conducta de Santana, ¿presagió eventos del devenir?

Característica de la instalación española en el país, fueron las constantes fricciones. Criollos y recién llegados españoles vivieron en permanentes confrontaciones.

El arzobispo nombrado para la Arquidiócesis de Santo Domingo, monseñor Bienvenido Monzón y Martín, fue, quizá, propiciador de estas desavenencias. Presionó al clero dominicano y a familias de creyentes para adoptar modos de vida muy propios de sus costumbres.

A los sacerdotes los combatió, sin duda con razón, por la vida licenciosa exhibida. Se enfrentó a la francomasonería y al odfelismo. A un popular sacerdote de ejercicio en San Carlos, Francisco Xavier Billini, lo expulsó de su parroquia.

Al general Santana le requirió el abandono de la masonería. Tal reclamo lo hizo, por igual, a sacerdotes integrantes de las logias Masónicas y Odfélicas.

A los sacerdotes de vida irregular los vejaba por la relación junto a concubinas con hijos declarados como sobrinos.

Los reclamos al clero determinaron el apoyo de los sacerdotes dominicanos a la lucha por la restauración de la independencia.

Santana rumió sus imposiciones y al teniente general Felipe Rivera y Lemoine, le desobedeció órdenes militares. Cierto que tenían la misma graduación militar. Pero al momento de desobedecer las disposiciones de Rivera y Lemoine, Santana era su dependiente en la estructura jerárquica.

Salido Santana rumbo a Santiago de los Caballeros con más de dos mil hombres, se detuvo en Guanuma. Acantonó las fuerzas y se negó por largo tiempo a seguir rumbo al Cibao o volver a Santo Domingo.

Atacaba y vencía a los restauradores que llegaban a las cercanías de sus reales. Pero vencidos éstos en La Luisa, Monte Plata, Hato Pedro y otros lugares vecinos, se reconcentraban.

La Gándara afirma que esta conducta dio lugar al avance de los restauradores y al deterioro de su imagen.

Entre tanto, las tropas enfermaban en el lugar. El mismo Santana sufrió unas fiebres determinantes de su retiro y, tal vez, la muerte.

Conforme escriben estos dos militares, casi todos los comandantes españoles se sintieron engañados.
En diversos documentos pedían la salida de las tropas de España del país. Pero mientras se mantuvo O’Donnell a la cabeza de las Cortes, no pudo hablarse de ese retiro.
Es, después de cuatro años de tensas relaciones y dos años de guerra, que se revoca el decreto de la Anexión.

Desde 1861 a 1865, España perdió alrededor de diez mil hombres entre muertos y heridos en tierra dominicana. E invirtió más de trescientos mil reales de oro entre armas y gastos políticos en la ansiada colonia.