Ningún partido, grupo étnico, de inmigrantes o religioso puede atribuirse el liderazgo o conducción de la ola de protestas que desde semanas atrás como bola de nieve se extiende por toda España, aunque las causas de esas manifestaciones son el galopante desempleo y el rígido plan de austeridad; su hilo conductor resulta virtual o innominado.
Sin hacer caso a las elecciones municipales convocadas hoy ni a una prohibición ayer del Consejo Electoral para que abandonaran esas concentraciones, decenas de miles de españoles se congregan en plazas públicas sin mencionar para bien o para mal a ningún candidato o agrupación política.
Sin que pueda ser comparado con las revueltas sociales del mundo árabe que provocaron la caída de dictadores como Ben Ali, de Túnez y Hosni Mubarak, de Egipto, ni con los alcances de las movilizaciones de estudiantes y obreros franceses de mayo del 68, el movimiento de protesta español se destaca por haber marginado al liderazgo partidario que también es objeto de censura.
Igual que en el Norte de África y en el Oriente Próximo, zonas sacudidas por intensas protestas en reclamo de democracia y libertad, las manifestaciones que se escenifican en España parecen tener su núcleo de aliento y dirección en las mentadas redes sociales, a través de las cuales la juventud expresa inconformidad e indignación, aunque las protestas en la Plaza del Sol tienen motivaciones económicas.
En efecto, la economía española, duodécima del mundo, atraviesa por un período de recesión con la caída de todos los sectores productivos, que ha elevado el desempleo global a 20 por ciento y a 40 por ciento entre la población joven, además de la virtual quiebra del régimen de seguridad social, y la congelación de sueldos y salarios.
El presidente del Gobierno y líder del Partido Socialista Obrero Español, José Luis Rodríguez Zapatero, no ha podido contener la expansión de ese movimiento de protestas, pero Mariano Rajoy ni el Partido Popular han logrado sacar provecho partidario a ese oleaje social, que ya se conoce como Revolución de los Indignados.
La verdad es que las redes sociales se erigen como líder innominado que canaliza y conduce los más espectaculares movimientos de masas que se producen en el mundo de hoy, que alteran el ciclo de la historia y recomponen culturas milenarias como la Árabe y arrasan con dictadores y regímenes intolerantes o corruptos.
En el traspatio latinoamericano, gobierno y clase política deberían verse en ese espejo y asumir o consolidar un ejercicio puro y digno en procura de alcanzar el anhelado estadio de autentica justicia, democracia y equidad, antes de que el tsunami social se los lleve por delante.

