La comunicación de un evento de magnitud regional en la era de la fragmentación de audiencias no puede gestionarse bajo los mismos paradigmas de la comunicación de masas del siglo XX.
Sin embargo, descartar la observación empírica como una «corazonada» ignora un principio fundamental de la comunicación política y deportiva: la percepción es realidad.
El artículo de Rafael Martínez, publicado ayer en la sección de Deportes de este diario, argumenta acertadamente que la comparación con los Juegos de 1974 es anacrónica debido a la naturaleza de los algoritmos y los feeds personalizados. No obstante, la crítica académica debe distinguir entre el ruido informativo y la ausencia de narrativa.
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Si bien es cierto que hoy no existe la «unidireccionalidad» de los años 70, la labor de un Comité Organizador encabezado por José Monegro es precisamente romper esa burbuja digital mediante una estrategia de comunicación transmedia.
La «invisibilidad» señalada no es un ataque a la gestión, sino una alerta técnica: en un ecosistema saturado, el silencio o la falta de una campaña de expectativa robusta se interpreta institucionalmente como una carencia de impacto mediático previo.
Se cuestiona la falta de «números y datos» en la crítica original. No obstante, en la fase de planificación de megaproyectos, los indicadores clave de desempeño (KPIs) no solo se miden en el éxito final, sino en el posicionamiento de marca (top of mind) en las etapas preliminares.
La alerta comunicacional: Cuando la conversación pública no registra el evento en sus tendencias orgánicas a falta de pocos meses, el análisis periodístico cumple una función de auditoría social necesaria.
El factor estratégico: Sugerir un «descuido estratégico» no es un ataque ad hominem hacia la figura de Monegro, cuya capacidad es indiscutible, sino un señalamiento a la maquinaria de difusión que debe acompañar a la logística y la infraestructura de ese magno evento.
La publicidad es el motor de valor y no solo de volumen. Martínez sostiene que la publicidad no garantiza el impacto económico por sí sola. Académicamente, esto es parcialmente correcto: la infraestructura es la base, pero la comunicación es el catalizador del valor.
Un estadio construido es un activo físico; un estadio lleno es un activo social y económico.
Sin una narrativa que conecte el evento con la identidad nacional y el turismo de alto valor, el riesgo de subutilización de la infraestructura es latente. La propuesta de utilizar figuras públicas y relojes de cuenta regresiva tildada de «previsible» representa, en realidad, el uso de disparadores heurísticos esenciales para generar el sentido de urgencia y pertenencia en la población.
El cierre del artículo de Martínez, aludiendo al tíulo «Fuera de Juego», introduce un matiz personalista que distrae del fondo del debate. La intención de la crítica original, lejos de buscar el detrimento de la imagen de la presidencia del Comité, busca evitar el aislamiento informativo.
En la gestión de eventos de esta escala, el disenso técnico es vital. Reconocer que la estrategia de comunicación actual requiere un ajuste no es un síntoma de fracaso, sino una oportunidad de optimización para asegurar que Santo Domingo 2026 no solo ocurra en los estadios, sino en la conciencia y el orgullo de cada ciudadano.

