En sus 156 años de vida republicana, la sociedad dominicana no ha podido concertar con éxito ningún proyecto a largo plazo que promueva desarrollo integral, porque inmediatismo e improvisación han sido rasgos predominantes en la cultura política nacional.
La primera Constitución de la República se promulgó bajo el terror de las bayonetas que obligaron a los asambleístas a desdibujar lo que debió ser un gran pacto social que impulsaría el proyecto trinitario de una nación libre de toda potencia extranjera.
Puede decirse que en el largo viacrucis hacia la consolidación de la democracia, son más los judas que los cirineos en la detentación de espacios de poder, aunque el destino de los primeros ha de ser siempre el zafacón de la historia.
Por ese zigzagueante caminar, la República parece haber tomado el camino largo e incierto hacia el anhelado escenario de pleno desarrollo, equidad y justicia, sin aparente voluntad de su liderazgo político de procurar un trayecto más corto y seguro.
Como referente ideal se señala la experiencia de la República de Taiwán, fundada hace apenas 61 años sobre una isla de 36 mil kilómetros cuadrados, que se erige hoy como una de las primeras 15 economías del mundo, con envidiables estándares de desarrollo humano.
Desde 1949, Taiwán ha aplicado un programa sostenido basado en la promoción de la educación, desarrollo planificado de la agricultura, agroindustria, industria y tecnología, para erigirse hoy en una gran economía exportadora.
En más de una oportunidad, el liderazgo nacional ha intentado concertar un plan de nación, pero tales esfuerzos se frustran o perecen en el camino.
Se mencionan acuerdos políticos y sociales como el Plan Decenal de Educación, la Reforma Judicial y de la Seguridad Social, que mueren o languidecen por carencia de recursos.
Si el vaso está medio lleno o medio vacío, la culpa recae sobre un liderazgo político que aun no aprende a halar la cuerda en una misma dirección.

