El caso de la niña de 10 años embarazada en San Cristóbal es lo suficientemente dramático como para sonar la alarma sobre una epidemia que se propaga entre adolescentes. Demostrado está que la respuesta frente al problema de las madres prematuras no está en las consecuencias que supone alimentar o convivir con una criatura ni en protagonismos mediáticos, sino en programas sociales más eficaces.
Con la oposición a prevenciones como el uso del condón los riesgos de embarazos no deseados son todavía mayores, y las secuelas más dolorosas y perturbadoras, para esas muchachas que viven en zonas marginadas. Desde los primeros síntomas de preñez muchas son echadas de las casas, tienen que dejar los estudios e iniciar un verdadero calvario para subsistir. Porque tampoco pueden abortar, aunque la vida esté en peligro.
El caso de la niña de 10 años, cuyo estado de salud fue definido como de alto riesgo tanto a nivel anatómico como sicológico, es tan alarmante como las estadísticas de embarazos de jovencitas. Solo en la Unidad de Obstetricia de Adolescentes del hospital regional Juan Pablo Pina, de San Cristóbal, fueron atendidas, de abril a junio, 1,811 jovencitas, de las cuales 71 tenían edades entre 10 y 14 años. Y las restantes entre 15 y 19.
Al abordar la problemática, el director del centro, Miguel Angel Geraldino, aportó un detalle que, por su impacto, en modo alguno puede pasar inadvertido. Dijo que pese a los consejos y el tratamiento que les brinda un cuerpo especializado del hospital, las jóvenes vuelven a embarazarse. Y para más dramatismo muchas acuden a las consultas con críos en los brazos. Lo de San Cristóbal puede ser la muestra más elocuente sobre la epidemia de los embarazos de adolescentes y la necesidad de que las autoridades tomen medidas eficaces, sin importar el costo, para evitar que tantas jovencitas se conviertan en madres prematuras y por ende se vean compelidas a interrumpir sus estudios y a trillar un futuro incierto.
El aborto no se plantea como solución, pero es una posibilidad que tendrá que considerarse por lo menos en los casos en que sea necesario para salvaguardar la vida y la salud de las embarazadas. En algunos países está permitido la interrupción del embarazo por malformación fetal, cuando está en riesgo la vida de la madre o la preñez ha sido resultado de una violación. Es obvio que a los 10 años de edad no se cuenta con ningún tipo de experiencia para mantener relaciones sexuales.
La flexibilidad es importante si se toma en cuenta el estudio de las Naciones Unidas, según el cual las muertes maternas en la región se deben, en gran medida, a la dificultad para acceder a servicios adecuados de salud sexual y reproductiva, así como a la realización de abortos inseguros. Al margen, porque no es lo que está en discusión, de si los sexuales y reproductivos formen parte de las prerrogativas de la mujer.
Cualesquiera sean las causas, tiene que evitarse que a los 10 años una niña se convierta en madre .
