Los pueblos están obligados a hurgar profundamente en su historia para poder asimilar experiencia del pasado y jamás repetir episodios angustiosos, como el que significó la dictadura de 31 años de Rafael Leonidas Trujillo, cuya decapitación cumple hoy medio siglo, sin que todavía escribas de la época hayan podido alcanzar la anhelada meta de la objetividad al describir tan significativo período.
Por cincuenta años, el debate en torno a la Era de Trujillo ha estado signado por mezcla de pasión y conveniencia como forraje que impide que generaciones presentes diferencien luz de tinieblas, sin que unos ni otros admitan que ningún suceso histórico es absolutamente malo o bueno, sino que una descripción honesta de los hechos arroja balance o resultado cercanos a la verdad.
No se discute que la de Trujillo fue tiranía sin ejemplo ni precedentes en la convulsionada historia republicana, pero ese período de más de tres décadas no debería sufrir una disección a conveniencia de tradicionales carniceros de la historia, ejes dominantes cuyos índices señalan el bien o el mal conforme a sus espurios intereses.
La antorcha de la libertad y la democracia levantada por los expedicionarios del 48, los de la Raza Inmortal, conjurados del 30 de mayo y tantos buenos dominicanos que ofrendaron sus vidas en roles de héroes o mártires, no debería estar en manos de quienes en nombre de un sospechoso antitrujillismo pretenden imponer una falsa democracia basada en privilegios y discriminación.
Son muchos los historiadores nacionales y extranjeros que han escrito con cercanía a la objetividad sobre diferentes aspectos de un período marcado por la intolerancia y la opresión, pero que también tuvo sus connotaciones positivas en ámbitos relacionados con la economía formal, especialmente con el tratamiento de la deuda externa.
A cincuenta años del fin de la tiranía, expresiones extremas o desbordantes de trujillismo o antitrujillismo resultan irrelevantes, porque lo que requieren los dominicanos de hoy es un levantamiento lo más diáfano posible de un período histórico con más sombras que luces, sin que se diga o se deje de decir lo que convenga o no convenga a conveniencias sectoriales.
Un aspecto del debate en torno a la Era de Trujillo que no debería ausentarse de los escenarios de discusión es el referido al destino de la riqueza acumulada por la familia gobernante que en cinco décadas desapareció como agua entre las manos.
Los dominicanos están compelidos a ofrecer un tratamiento a tan singular período histórico con la misma calidad de análisis e introspección que la encaminada por sociedades que han sufrido de regímenes tiránicos o dictatoriales, como la española, chilena, polaca, rusa o albanesa, que han abordado su pasado sin pasión, temor o prejuicios.

