Todos hemos cometido errores. Sin embargo, mientras algunos siguen adelante y los asumen como parte del proceso de aprendizaje, otros quedan atrapados en ellos. En el “celuloide” de su mente queda grabada esa escena que se repite una y otra vez, generando frustración, vergüenza y culpa.
Aceptar los errores resulta difícil, porque la persona no solo siente que falló en una acción, sino que llega a percibirse a sí misma como el “fallo”.
“Desde el psicoanálisis, el superyó suele convertirse en un juez implacable que asocia equivocarse con perder amor o valor; en lo social, vivimos en culturas que penalizan más de lo que educan. Por eso, la culpa y la vergüenza aparecen como mecanismos aprendidos de control, no necesariamente de conciencia”, destaca la Psicóloga Chani Rodríguez.
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Castigo
Castigarse constantemente por los errores puede traer consecuencias profundas en el bienestar emocional. La especialista explica que esta conducta puede generar ansiedad, deteriorar la autoestima y alimentar una narrativa interna de insuficiencia permanente.

A largo plazo, incluso puede producir estados depresivos y una parálisis decisional, es decir que, la persona deja de intentar por miedo a fallar otra vez y entra en un estado psicológico llamado «Indefensión aprendida». En este proceso, se activa un círculo de auto-exigencia y frustración difícil de romper, que termina convirtiéndose en una forma silenciosa de auto-sabotaje.
En ese sentido, Rodríguez agrega que el perfeccionismo rígido suele alimentar el autocastigo. Cuando la vara interna es inalcanzable, cualquier desliz se vive como una catástrofe.
“En psicología social observamos cómo la cultura del rendimiento exacerba esta dinámica, el perfeccionista no celebra avances, solo señala carencias, y así convierte la excelencia en su propia prisión” destacó.
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Aprendizaje
Desde pequeños, en muchos entornos se nos enseña que errar es algo negativo que debe evitarse, en vez de entenderlo como algo natural del aprendizaje, por lo que la educación emocional recibida influye en la forma en que se reacciona ante los errores.
En ese sentido, la psicóloga explica que cuando se enseña que equivocarse es parte del aprendizaje, se fortalece la resiliencia. “No reaccionamos al error en sí, sino al significado que nos enseñaron a darle”.
Esto implica que se debe realizar una auto-introspección y cuestionarse: “¿Qué me muestra esto sobre mí?, ¿Qué debo ajustar?, ¿Qué habilidad necesito desarrollar?”. Sostuvo que un aprendizaje consciente convierte la falla en información valiosa.
“Crecer no es no equivocarse, es equivocarse con inteligencia emocional”. Concluyó que la manera en que nos hablamos configura nuestra identidad y nuestras decisiones futuras: “nadie nos hiere tanto como nuestra propia narrativa”.

