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Fatídico exilio

Fatídico exilio

Pedro Pablo Yermenos Forastieri

Para ella, salir de su país no era opción. No solo amaba la tierra donde jamás podría ser llamada extranjera, sino que, por los vínculos que tenía con su familia, no concebía que extensas millas de un océano aterrador la separara de la gente que tanto quería.

La política, no obstante, complicó su existencia.
Era un tema que detestaba, pero el marido lo llevaba en la sangre. Descendiente de personajes que habían luchado a sangre y fuego por preservar la libertad e instaurar un régimen auténticamente democrático.

En ese contexto, era impensable que su compañero aceptara, sin asomos de rebeldía, las características autoritarias y vulneradoras de derechos que, de manera creciente, se iban imponiendo en un escenario en que tanto había costado dejar atrás un pasado creador de intenso luto colectivo.

Sin compartirlo con ella, por la certeza de su seguro rechazo, estableció contactos con dirigentes de organizaciones opositoras clandestinas.

Inició una sistemática colaboración en planes conspirativos bien orquestados, pero que subestimaban el alcance de los servicios de inteligencia del gobierno quienes, en poco tiempo, disponían de detalles minuciosos de las tareas que se estaban desarrollando en su contra.

Así comenzó una persecución tenaz. Las amenazas no se hicieron esperar y, por ellas, la esposa descubrió la magnitud del problema en que estaban metidos, sin que ella tuviera ninguna responsabilidad.

Pero su sentido de solidaridad y el amor que sentía por ese hombre, no le permitió reparar en esas cosas sobre las cuales habría tiempo para conversar. Le dijo que correría su suerte.
La presión se hizo tan despiadada, que el asunto llegó a extremos en que la permanencia en territorio nacional, se convirtió en sinónimo de crónica de muerte previsible.

De esa forma, no le quedó alternativa y se lo planteó de golpe: Tenemos que irnos. Estaba consciente de lo que la propuesta implicaba para ella y, por eso, la abrazó fuerte cuando le aseguró que podía contar con su apoyo.
Días después llegaron a la pequeña isla del Caribe.

Los trámites migratorios quedaron a su cargo para evitar que él se expusiera mucho. Aquella mañana, caminando hacia la sede de la Dirección de Migración, e ignorando el infierno del tránsito en su refugio, se dispuso a cruzar el paso peatonal. Apenas unos metros después, el estruendo hizo girar la mirada de muchos que quedaron impactados al ver aquel cuerpecito endeble atrapado en las gomas de un destartalado autobús.