Este año se cumple el centenario del educador brasilero Paulo Freire, a quien tuve el honor de conocer en Guinea Bissau, cuando fui contratada por su equipo para participar en la organización del Primer Encuentro de Ministros de Educación de los Países Africanos de Habla Portuguesa, todos recién liberados y todos con el problema del analfabetismo generalizado.
Paulo, se sabe, había sido expulsado del Brasil durante la dictadura militar por haber creado un método de alfabetización que partía de la concepción del mundo del alfabetizando/a y, al hacerlo, lograba que se involucrara en su proceso de aprendizaje, método que tuvo sus complicaciones en el África porque era muy difícil que pueblos que habían combatido la lengua del opresor como legado de colonización después la aceptaran sin resistencia. Esto es algo que he contado ya (sucedió en 1977) y no voy a repetirlo ahora.
Del Pablo que quiero hablar es del que escribió un clásico indispensable para educadores, para ciudadanos en general y para políticos. Se llama Pedagogía del oprimido.
¿Que plantea ese libro? Que la dominación de otro comienza cuando la internalizamos, por ejemplo: Un negro solo aceptara su supuesta inferioridad si acepta lo que le impone su opresor para esclavizarlo. Una mujer víctima de violencia domestica solo la aceptara si acepta lo que le han enseñado es su “deber” desde el Génesis; si internaliza la mitología del “amor romántico”.
Todas las iglesias dependen para existir de la aceptación de su feligresía. El día que usted cuestione la autoridad de un cura, o ministro, sobre su vida y reaccione sobre su supuesta autoridad divina se acaba su esfera de influencia.
Y eso lo sabe y practica todo el mundo en su vida cotidiana.
Para imponerse los demás presionan, chantajean, amenazan, y en caso extremo recurren a la “ley” o la violencia, ultimo mecanismo de dominación. Si la legendaria anciana negra Rosa Parks no se hubiera negado a cederle su asiento a un blanco en la guagua, y no la hubieran arrestado, y los negros no hubieran boicoteado en masa los autobuses, todavía los negros no pudieran sentarse en las guaguas.
El poder de la Constitución, redactada por hombres, y el de las iglesias llega hasta donde usted lo permite y si usted un día decide no aceptar su forcejo nada pueden hacer una vez se actúa. Esto es algo que debería aprender el presidente Abinader, quien hoy parece vacilar ante el chantaje de los sectores más retrógrados de las iglesias con respecto a las Tres Causales.
Hay que leer a Freire, porque para gobernar hay que ser consecuente con la palabra empeñada, o arriesgarse a perder el respeto popular. ¿Le presto el libro?.
Por: Chiqui Vicioso
luisavicioso21@gmail.com

