Opinión Articulistas

Gran salto Bad Bunny

Gran salto Bad Bunny

Luis Pérez Casanova

Por la expectativa, los matices y la repercusión, la intervención del trapero Bad Bunny en el medio tiempo del Super Bowl se ha convertido en un acontecimiento artístico, cultural y político, un referente del cual se hablará durante mucho tiempo.

La confrontación del cantante boricua con el presidente estadounidense Donald Trump pareció equipararse con la seducción que tiene la final de uno de los deportes más populares de la nación.

El trapero aprovechó el escenario al máximo para derrochar su talento, pero también para servir de portavoz a la comunidad hispana frente la política migratoria y las abusivas redadas desplegadas por el mandatario republicano.

La actuación fue un grito de rebeldía y protesta que los miles de aficionados de todas las edades festejaron tarareando cada una de las interpretaciones.

No solo para molestar a Trump, Bad Bunny cantó en español para exhibir sus raíces. Y por supuesto sabía que el idioma es el signo de identidad y la mejor vía para comunicarse con una comunidad con la que quería interactuar y solidarizarse en una coyuntura de tanta incertidumbre como la que viven los inmigrantes, (ilegales y legales), en Estados Unidos. Desde antes de subir al escenario el boricua era un fenómeno de popularidad que había cosechado múltiples reconocimientos y vendido cientos de miles de discos.

Las letras de sus canciones son más aborrecibles que la propia música para una generación todavía anclada en el romanticismo. Y es que las letras, que a menudo narran encuentros sexuales como “Chingando en el bote” o “Te lo pongo en los pits”, caracterizan, en realidad, el género musical que cultiva, y son, sin resistencia a la evolución, una vulgaridad. Pero no nos engañemos, hay un segmento que conecta con esas vulgaridades inaceptables para alguien que haya cultivado el “buen gusto” en las interpretaciones melódicas.

De una forma u otra Bad Bunny abarcó un amplio en la preferencia sobre el contenido de sus canciones. Con o sin Trump de por medio el éxito estaba garantizado.

Al asumir el sufrimiento de los hispanos que son víctimas de las redadas migratorias y cuestionar a un gobernante al que las potencias parecen esquivar, Bad Bunny se creció, pasando de un fenómeno musical a uno social.

No ha tenido que marcar un antes y un después para romper por lo menos con el miedo a expresarse y ha colocado sobre el tapete en su presentación el arte y la cultura, pero también la dignidad de inmigrantes que abrazaron al sueño americano para mejorar sus condiciones de vida.

Bad Bunny hizo historia con una presentación en que intervinieron todos los matices de una comunidad que encontró quien sacara la cabeza por ella.