Opinión Articulistas

Incháustegui Cabral

Incháustegui Cabral

Efraim Castillo

Poemas de una sola angustia

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Habría que investigar hasta qué punto la tal percepción, el tal sentimiento y la subjetividad presionaron la experiencia personal de Incháustegui Cabral y cuál resultó ser la ulterior perforación que imposibilitó su itinerario hacia una reproducción continua de lo social en su poética.

Las memorias del poeta, recogidas en «El Pozo muero» (sinécdoque de la posibilidad de una respuestas), arrojan mucha luz en la edificación de una verdad objetiva: Incháustegui fue sumergido en una de las pocas divisiones del trabajo capitalista que eran afines al intelectual de aquella época: el periodismo; de la misma forma en que, veintitantos años después -y ya contando el país con una estructura industrial produciendo bienes plurigenéricos- fue arrastrada nuestra joven inteligentísima hacia otra división del trabajo intelectual capitalista: la publicidad.

En «El Pozo muerto» («Colección Contemporáneos», Universidad Católica Madre y Maestra, 1980), Incháustegui Cabral da muchas pistas sobre la ruptura de su itinerario social.

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Por ejemplo, en el capítulo «Los trabajos y los días» (cuarta parte, p.83), el poeta comunica al lector que «trabajaba todo el día en la Universidad»; mientras que por la noche se dedicaba, junto a su esposa, madre y hermanos, «a cortar dulce de guayaba» (p.83), el cual el propio poeta salía a vender por los alrededores, aprovechando que el «pequeño comercio estaba en manos de banilejos como él».

Esta vivencia de Incháustegui detalla, en parte, la miseria rural que abatía a los campos circunvecinos de Baní. Esta anécdota debió vivirla el poeta en 1934, ya que en 1936 entró al periodismo como empleado del Listín Diario, mejorando sus ingresos:

 «Mis ingresos subieron, sobre todo los fijos: de $27.50 a $48.00 […] Pude poner casa aparte, tener una criada que lo hacía todo y prepararnos a recibir otro hijo: Joaquín” («El Pozo muerto» p. 93).

 Aún inmerso en una relativa estrechez económica, Incháustegui anexó a su poética las argumentaciones inmersas en ese neurálgico periodo comprendido entre 1939-45, definido por el triste final de la Guerra Civil Española y el horrible comienzo de la Segunda Guerra Mundial, en donde se profundizaron las contradicciones políticas, ideológicas y sociales que reconfiguraron el orden planetario.

Incháustegui Cabral, entonces, produjo una poética que asimiló el sistema de miseria y riqueza que instauró la dictadura y se emparentó con el postumismo. En «El pozo muerto», Incháustegui enuncia que «a mí me perdieron, para el verso tradicional […] Moreno Jiménez y Vigil Díaz» (p.163).

 Sin modificar su itinerario hacia lo social, prosiguió escribiendo apegado a una versificación sin la atadura a un metro exigente, cerrado. La ofuscación ideológica de aquella época la expresa Incháustegui, visiblemente, en «Una carta a Niña la de Paya», en donde explica a la destinataria:

 «Yo que anduve la física descalzo de prejuicios / y sé pronunciar los nombres de Marx y Bakunin / Ante mí, Niña Payesa, / no le des libertad a la paloma de tu sueño, / porque soy un hosco ‘guaraguao’ materialista». («Poemas de una sola angustia», ed. cit., p.64).