La población, que había sido convocada desde hace casi un año a participar en el IX Censo Nacional de Población y Vivienda, recibe hoy atónita el anuncio de que ese mandato de ley e ineludible compromiso internacional fue suspendido el mismo día de inicio.
Esa intempestiva suspensión causa vergüenza e indignación en la ciudadana, pues refleja un escandaloso nivel de improvisación e irresponsabilidad oficial, al punto que el día antes de la fecha de inicio los ministerios de Hacienda y Economía no habían identificado recursos para financiar su ejecución.
Una burla mayor ha sido la justificación ofrecida por las autoridades para disponer tan vergonzosa suspensión: la de que los materiales censales no llegaron a tiempo a diferentes comunidades, cuando se sabe que fue por falta de dinero.
El país es hoy el hazmerreír en el ámbito internacional por el fiasco que ha significado la suspensión del Censo, fallido compromiso, convertido en monumento a la improvisación y a la irresponsabilidad.
Nada que celebrar
Han transcurrido 50 años del 25 de noviembre de 1960 que marca asesinato y elevación al martirologio patrio de las Hermanas Mirabal, crimen ejecutado por órdenes la dictadura de Trujillo, en un hecho que señaló, por su características sin precedentes y el bizarro mensaje que enviaba a una sociedad ahíta de horrores, el principio del fin del régimen, que llegaría seis meses más tarde, el 31 de mayo de 1961.
Tras medio siglo del hecho trágico y luego todas las campañas educativas por los medios y en la escuela, tras la aprobación y aplicación, con limitaciones notables, de las leyes contra la violencia, y a pesar de todo esto se cuantifica la muerte violenta de una mujer dominicana cada tres días, entonces nada tenemos que celebrar.
El Estado, sus instituciones públicas y privadas, lejos de festejar y autocongratularse, deben revisar a fondo cuanto se hace para enfrentar la bestialidad patriarcal, vestida de lo pasional. No hay motivo de celebración mientras la misma sangre femenina nos sigue llenando de vergüenza.

