Con la intención de amedrentar a anunciantes para que retiren patrocinio al programa de televisión El Informe, el director del Instituto Agrario Dominicano (IAD) compromete a su Gobierno en un nuevo periplo de agresión e intimidación contra la prensa.
El ingeniero Héctor Rodríguez Pimentel remitió actos de alguacil a 33 empresas anunciantes a las que advirtió que serían sometidas a la justicia si en ese programa que conduce la periodista Alicia Ortega continúa lo que define como ataques difamatorios en su contra.
Quien ha incurrido en esa agresión sin precedentes es un funcionario oficial, por lo que, a menos que una autoridad superior censure o impida ese tipo de inconducta, hay que colegir o temer que esa acción de intimidación cuenta con anuencia, complacencia o patrocinio del Gobierno.
El señor Rodríguez Pimentel ha usado el correo judicial con el evidente propósito de obligar a 33 empresas a retirar su patrocinio al programa El Informe y causar así serios problemas económicos a ese espacio.
Ese señor amenaza con someter a la justicia a empresarios por complicidad en lo que define como señalamientos afrentosos, difamatorios e injuriosos en su contra, lo que además de un absurdo jurídico sienta un precedente perverso y peligroso contra el principio constitucional que consagra la libertad de prensa.
No se niega derecho a cualquier funcionario exigir en los tribunales sanciones penales o reparación civil al considerarse víctimas de difamación o injuria.
Lo que constituye una aberración es que el señor Rodríguez Pimentel, prevalido de su condición de funcionario del Gobierno, intente cerrar un programa de televisión mediante amenaza a los anunciantes que subsidian ese espacio.
La sociedad dominicana está compelida a denunciar ese burdo intento de amordazar a la prensa y los empresarios notificados a rechazar la peregrina amenaza del director del IAD.
Los medios de comunicación están en deber y obligación de hurgar en despachos oficiales y en las cuentas nacionales e informar sin temor de cualquier tipo de irregularidad en que incurran funcionarios oficiales.
El Gobierno debe un desagravio a la prensa, a pena de asumir complicidad ante tal afrenta.

