La criminalización  del inmigrante



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Nuestro escrito anterior mostraba cómo la problemática de la inmigración se traduce  públicamente en el llamado “problema haitiano”. Artificios de esta maniobra, los registros de la Seguridad e Identidad Nacional surgen frecuentemente como disfraces de los males sociales. Mas, esto no se limita a simple enmascarada de parte de grupos de poder, quienes tienden a convertirse en víctimas, a través de la identificación de un supuesto responsable.

En retórica pública, la representación que se tiene del inmigrante es cuestión de poder. Cada grupo extrae de su pequeña caja a ideas, los matices de sus intereses para representar la inmigración y sus inmigrantes. Desde agentes políticos y económicos hasta el “guía Moral y Espiritual” emiten sus pareceres. Algunos hacen pasar su línea dura, adaptada a la terminología de hoy. Otros movilizan la dialéctica “compasión-represión”, apiadándose del cliché de “nuestro hermano haitiano”, para luego arremeter contra éste. Ambos, se abastecen de una ideología nacionalista particular, intentando imponer diferentemente sus visiones. Todo esto bajo la matriz consensual del “Interés Nacional”.

Esta preocupación por lo “nuestro”, se hace acompañar de una categorización del inmigrante. Es como sí se creara un personaje, constituido de una serie interdependiente de descalificaciones.

Ya en la década de 1930, Balaguer asentía la inquietud de los gobiernos dominicanos que postulaban la vecindad con Haití como raíz principal del “problema dominicano”. Lo que en su “Isla al revés” enmarca como  amenaza inminente hacia la pérdida del “carácter nacional” y una “progresiva adulteración de la raza” dominicana, se traduce en el peligro de extinción de nuestra Cultura e Identidad Nacional. De por sí, la semántica de esta expresión y la orientación que tiende a proporcionársele, gravita en consideración a la Nación como si se tratara de un ser dotado de características idénticas a sí mismo, en oposición a otros rasgos y grupos.

Interesante es observar, cómo mediante estas representaciones nos percibimos nosotros mismos. Pero más importante aún es destacar la persistencia de una sociedad nacional contradictoria, impregnada de fuertes prejuicios en su construcción interior.

A estas aprehensiones discriminantes, en sus modalidades racial y nacional, se sobrepone la percepción del inmigrante haitiano como ente netamente económico. Donde su existencia y presencia se legitima únicamente por su rol laboral. “(…) cuando ellos salen de las obras, nosotros perdemos el control automático de esta gente, y están también los que vienen que no están trabajando en obras […] Ellos no dejan un peso aquí. Les envían dinero a sus familias o lo gastan en ron y prostitutas. Nunca vas a ver a un haitiano en un negocio formal…”. Inútil abundar sobre esta reciente declaración de un  hotelero de la Zona Este, reflejo de la concepción del inmigrante haitiano como agente por y para el trabajo. Ahora bien, en tiempos de recesión, éstos pasan a ser la causante de la inseguridad social, de la disminución del salario y del desempleo.

Estas percepciones de sospecha ante el orden establecido, consciente e inconscientemente rehabilitadas, el eco  de discursos nacionalistas y las amenizadas campañas antihaitianas, se traducen en efectos concretos. Tanto en el discrimen político, en la abstracción jurídica o la relegación social y espacial que se  asigna a los inmigrantes, véase, en nefastas consecuencias. Los acontecimientos recientes de Neiba, Juan Gómez y Guayubín, que recuerdan las desgracias mortales del año 2005 en Hatillo Palma, Moca, La Vega y Santo Domingo, así lo evidencian.

En su pretensión de no reconocer su errónea gestión, ni  reconocerse en sus errores de regularización y regulación de la inmigración por intereses particulares, así como en su fin de preservar su dominio político ante aquellas poblaciones socio-históricamente dominadas, los representantes del Estado definen los problemas y criminalizan a sus supuestos responsables. Retomando a Abdelmalek Sayad, podemos concluir que el reconocer estos aspectos, sería reconocer las faltas del Estado y, sobre todo, la negación de nuestras estructuras políticas actuales.

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