Las multitudinarias manifestaciones en su contra ni el reclamo del presidente Barack Obama, de que comience de inmediato la transición política en Egipto, logran disuadir a Hosni Mubarak para que abandone el poder que detenta desde hace más de 30 años.
Mubarak rechaza renunciar de inmediato como lo exigieron más de un millón de personas congregadas ayer en la Plaza Tahnril, de El Cairo, lo que hace suponer un agravamiento de la crisis políticas que abate a esa nación africana.
A lo más que ha llegado el mandatario egipcio es a formalizar la promesa de no repostularse en las elecciones presidenciales de septiembre, pero la oposición política ha resuelto mantener la consigna de vete ya, vete ya.
Ese complicado escenario político representa para Estados Unidos un gran dolor de cabeza, toda vez que Egipto es definido por el presidente Obama como aliado y amigo, cuyo gobierno, irónicamente, cuenta también con el respaldo de Israel y de la Autoridad Palestina.
La inestabilidad política se extiende ahora desde el norte de Africa hasta Medio Oriente, con serios problemas de gobernabilidad o de crisis de vecindad en Yemen, Líbano, Siria, Marruecos, Turquía y Jordania, donde se refugió el derrocado dictador de Túnez, Zine El Abidine Ben Alí.
Egipto ha sido por muchos años el armador de las políticas promovidas por Estados Unidos en el mundo árabe, en especial frente al conflicto israelo-palestino, por lo que Washington tendrá que maniobrar para que un posible sucesor de Mubarak cumpla también con ese papel.
Lo que parece claro es que el gobernante egipcio sólo saldría por la fuerza de su milenario palacio y que su expulsión servirá de referente para impulsar otros movimientos similares en esa estratégica zona.
Por lo pronto, los efectos de la crisis en Africa del Norte se reflejan en un aumento en los precios del petróleo y otras materias primas básicas, que acentúan la situación de recesión de la economía mundial, con todas sus graves consecuencias políticas, sociales y económicas.

