La educación doméstica pierde la batalla como guía a las nuevas generaciones



Existen lazos indisolubles entre la crianza y la educación doméstica. Al extremo de confundirse una y otra de ambas gestiones destinadas a dar contenido moral y social a los vástagos.
La crianza implica castigos, correcciones, llamados de atención, condicionamiento conductual, sujeción a modelos de comportamiento propios de tradiciones de la familia y privación de ciertas libertades ante la ruptura de mandatos recibidos.

La educación doméstica es más formal. Sus instrumentos, retóricos, recogen una larga herencia humana. Propia, es decir en la línea de los ascendientes de quienes predican, o llegada por vía del grupo social.
Lo sustancial de esa educación son contenidos seculares probados como enaltecedores de la conciencia moral, de la conciencia social, de la conciencia cívica y, por ende, de la proyección de la persona individual.

Tal vez a causa de esa formalidad, es menos exigente en cuanto al recurso de castigos, para alcanzar los objetivos. No instrumentaliza una expresión de condicionalidad del comportamiento. Le basta contemplar el enaltecimiento de la persona humana.

Normas de valor ético y moral, de cortesía y apariencias se exponían en forma reiterada. Los padres aprovechaban un desliz de algún hijo para asumir un papel pedagógico. La observación de un comportamiento poco adecuado en algún vecinito también era motivación para lecciones.

Aquellas prédicas han quedado en el pasado. Los padres, ocupados en la producción de bienes que no se llevarán a la tumba –aunque también de sustentación-, carecen del tiempo para observar ningún hijo. Y los hijos, sustraídos por un entorno obnubilante, no pueden escuchar a los progenitores.

Pensé en ello al participar de las celebraciones del domingo vigésimo séptimo del Tiempo Ordinario. Era el domingo 7 de este mes. La Iglesia aprovechó dos de las lecturas bíblicas para exaltar el matrimonio natural. El del Hombre y de la Mujer, mejor dicho, escrito así, con mayúsculas.

La primera lectura, veterotestamentaria, procedió del libro del Génesis, del segundo relato de la creación. En esta se recuerda cómo Dios, el creador, vincula a la mujer con el hombre.

La tercera, reservada al presidente de la asamblea, es propia, siempre, de un libro neotestamentario, En el caso, de San Marcos.

El padre Demuel Tavárez, de la orden de los claretianos, es ameno y sin duda jocoso. Tomó el tiempo que habría de dedicar al comentario de las lecturas, a matizar el papel de las familias en la época actual. Más aprovechó el espacio para sermonear a los fieles.

Habló de una familia por la cual fue llamado para bendecir su casa en nombre de Dios. Encontró un comedor atractivo y dedicó un elogio a los muebles. El dueño de la casa, sin embargo, lo sacó de su ensueño.

Cierto, es bonito. Habitualmente comen en lugares apartados los unos de los otros, comentó el marido para decepción del padre. Atado a un teléfono celular, el hijo prefiere permanecer alejado de la familia. La hija no es menos, si bien sujeta una tableta digital.

El sacerdote resaltó lo pernicioso de esta falta de costumbre. La familia no forja lazos indisolubles de unión entre sus integrantes. Y de este modo piérdense las heredadas costumbres destinadas no solamente a mantener la unidad de este núcleo básico para la organización de la comunidad.

Quedan en el olvido, por igual, se destierran sencilleces como la de pedir la bendición a los padres y a otros parientes.

El sacerdote habló de una costumbre propia de su familia. Cada año, dijo, se congregan los de más edad y sus descendientes. La última vez, agregó con jocosa seguridad, eran pocos: solamente 115 integrantes de la familia.

Algo, dijo, los distingue: en la medida de la llegada, se presentan los dependientes ante los mayores. Allí se escucha decir desde bendición papá o mamá, hasta bendición abuelos y abuelas o aún, bisabuelos.

¿Cuántos hijos actuales recuerdan haber pedido bendición de sus padres? ¿A cuántos se les ha recordado que deben reunirse en la mesa durante por al menos una comida en el día?.

¿Cuántos conservan la costumbre de limpiar sus labios con una servilleta durante una comida? O, ¿cuántos saben cómo usar los cubiertos en la mesa? ¿Acaso tenemos paciencia para esperar el término de aquella reunión familiar?.

Y cuanto es peor, ¿nos atrevemos los padres a pedir al hijo que se aparta de la mesa a permanecer en ella hasta concluir el encuentro?.

Porque convendría recordarles a esos hijos que no han comprado un plato en una fonda. Más no nos atrevemos. En estos tiempos de locura social, podríamos ser acusados de violencia intrafamiliar.
El mundo de hoy rueda patas hacia arriba.