La minificción



Efraim Castillo

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En la mayoría de estos reducidos textos opera, dentro de su manufactura discursiva, un universo de sentido en donde las dicotomías se apoyan —aleatoriamente— con la mente del lector u oidor. El propio Cortázar formuló que “el cuento es una síntesis viviente, a la vez que una vida sintetizada, algo así como un temblor de agua dentro de un cristal, una fugacidad en una permanencia” (Obra crítica, 1994), reafirmando —hasta cierto punto— la idea de la exquisita Flannery O’Connor sobre el género, quien afirmó que “hablar de la escritura de un cuento en términos de trama, personaje y tema es como tratar de describir la expresión de un rostro” (O’Connor: Writing short stories, Conferencia de escritores del Sur, Georgia, 1957). Estos conceptos no se alejan de lo enunciado por Michel Foucault en Las palabras y las cosas: “las lenguas tienen con el mundo una relación de analogía más que de significación; o mejor dicho, su valor de signo y su función de duplicación se superponen (y) hablan del cielo y de la tierra de los que son imagen” (Les Mots et les choses: Une archéologie des sciences humaines, 1966).

Mijaíl Bajtin, en su teoría sobre las categorías narratológicas, advierte que un relato debe poseer una base estructural con “voz, tiempo, espacio narrativo, punto de vista, focalización, actantes y trama” (Bajtin: Estética y teoría de la novela, 1975); tal como formuló Gilles Deleuze en su Lógica del sentido (2007), que tras él mismo preguntarse lo que podría ocurrir o acaba de ocurrir, se responde: “que la X de lo que se siente que ‘eso’ acaba de pasar, es el objeto de la ‘novela corta’; y la X que siempre va a pasar, es el objeto del cuento”, afirmando que el “acontecimiento puro es cuento y la novela corta nunca actualidad (ya que es en) este sentido que los acontecimientos son signos”.

Desde luego, las siete palabras de El dinosaurio, de Monterroso, y las dieciséis de Cuento de horror, de Arreola, “implican la contextualización de una voz socializada, donde el oyente es, también, hablante” (Bajtin), produciendo, así, un discurso con valores sociales específicos.

Tanto Monterroso como Arreola incursionan en categorías relacionadas con la historia, arqueología, vida conyugal y sus relaciones sociales, donde se asientan y sobresalen —en la memoria del lector u oidor— historias, máximas, fábulas, aforismos y, sobre todo, una asombrosa cantidad de otras ficciones en collage.

Sobre El dinosaurio se destacan las especulaciones de su desaparición y trayecto sobre la tierra, así como las referencias de la evolución del ser humano a partir de la Era Mesozoica; mientras que el Cuento de horror, de Arreola, versa sobre la mujer y su relación con el hombre, originando su discurso la producción de múltiples sentidos alrededor de sus correlatos.

De ahí, entonces, que el cuento —como relato— puede alcanzar dimensiones de entretención disímiles y cuyos resultados, por variabilidad, podrían lograr fines en donde el discurso didáctico sea aprehendido de varias maneras por los lectores u oidores.