La muerte de Rodríguez Objío conmovió a todo Santo Domingo



Pasaban de las 6:00 de la mañana del día 18 de abril de 1871, cuando un pelotón fusiló a Manuel Rodríguez Objío. El general, Poeta y Restaurador murió de inmediato. Las descargas de fusilería, por diversas, resultaron fulminantes.

Mediaba una sentencia de un tribunal de guerra y un dictamen ratificatorio del Consejo de Ministros. Aún ante tales actos jurisdiccionales, muchos hablaron de un homicidio.

Porque el país, y en concreto, amplios sectores de la ciudad de Santo Domingo, esperaban, de alguna manera, el perdón.

Era mucho esperar. Ochenta y cinco masones visitaron al Presidente Buenaventura Báez para rogar por la vida del Poeta. La peor de las impresiones del grupo la constituyó el insulto para las logias pronunciado por el Mandatario.

La madre del Poeta logró acercarse a Báez. Pero antes de pronunciar una palabra, Báez la despidió recriminándola.

Le dijo: ¡Levántese, sólo ante Dios se doblan las rodillas!

Un grupo de damas consiguió una entrevista. Las despidió de mala manera y dirigiéndose a una de ellas que el periódico “Los Amantes de las Letras” únicamente identificó como “Señora F”, le dijo: “Usted que es (muy) hermosa, si lo perdono, ¿irá a la frontera a poner su belleza de blanco de los tiros de los cococes?”.

Una comisión del Cuerpo Diplomático y Consular lo visitó. Al recibirlos se dirigió al Cónsul Británico a quien informó de quejas contra un agente del gobierno inglés.

Como el Cónsul rechazase las expresiones de Báez, el Presidente, por todo comentario adicional, los despidió. Y dirigiéndose al Cónsul inglés, dijo: “Ya le escribiré al gobierno de su país”.

Una hermana de Félix Mariano Lluberes también se entrevistó con él. Le recordó que ejerciendo la Presidencia, el General José María Cabral y Luna perdonó a este hermano suyo condenado a muerte.

Díjole el Presidente Báez a la señora Lluberes: “Señora, no compare Usted a un político con un asesino”.
Y así, pendiendo ya la sentencia de muerte sobre el Poeta Rodríguez Objío, ante otras solicitudes de perdón, Báez se mostró inflexible.

El acta de la sesión del Consejo de Ministros se publicó en la Gaceta Oficial. Puede leerse en el tomo V de la Colección de Leyes, Decretos y Resoluciones de los Poderes Ejecutivo, Legislativo y Judicial.

En esa acta se advierte la indeclinable postura del Presidente Báez por mantener el fallo dictado por la corte militar contra el Poeta Rodríguez Objío.

No solamente él. Un poeta formaba parte de su gabinete. Félix María del Monte, cuya esposa se llamó Encarnación Echavarría.

Doña Encarnación le reclamó asumir la defensa del amigo. Ignoraba ella que tal vez el más acérrimo contrario de Rodríguez Objío en el gabinete, lo era su marido.

“Si das un paso fuera de la casa para interceder por él, me salto la tapa de los sesos”. Ignoraba ella que el marido, en una sesión del Consejo, comentó que sobre la tumba del poeta “debía hacerse una descarga de fusilería todos los años”.

De Manuel Nemesio Rodríguez Objío pueden recordarse muchos relatos. En unas anécdotas a publicar como libro, recuerdo algunas. Lo censuro, en ocasiones, pues atribuyo la posición del Presidente Báez a la conducta del Poeta. No siempre honró su palabra empeñada.

En cambio, confieso mi apasionada afición a la lectura del poema u oración compuesto cuando se hallaba a las puertas de la muerte.

Entonces escribió esta hermosa y conmovedora oración.

Acto de Fe

Mientras presagio siniestro mi corazón atormenta, en él nace y se acrecienta, la hermosa Luz de la Fe.
Pues que apartada del mundo la vista triste y cansada, el ánima levantada más grandes destinos ve.
Hay más allá de la vida, Algo que no se comprende, región donde el alma asciende para nunca más sufrir.

Parajes desconocidos llenos de luz y armonía, do no hay duelos ni agonía, ni tormento ni sufrir.
Creo en la vida del alma, y el porvenir de la muerte; creo en la Gracia del Fuerte,
¡del Omnipotente Dios!

Pues que mis dudas amargas borra ya verdad severa, y mi razón la primera oye el eco de su voz.
El Espíritu sorprendido hacia el infinito un día en lo futuro leía mi destino terrenal.

Vi la rueda caprichosa de la inconstante fortuna llevarme desde la cuna por un espeso zarzal.
Creo en la luz del espíritu que el porvenir ilumina, que previene y vaticina el mal lejano y el bien.
Creo en la fuerza del genio, chispa de una inmensa llama
que en esta vida proclama la realidad de un edén.

Creo en los altos destinos de la humanidad proscripta y en la piedad infinita del que los mundos formó.
Creo en la verdad que encierra el misterio de la muerte; creo en la Gracia del Fuerte; creo en la Ciencia de Dios!